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Monday, August 13, 2012

A Julio Ghigliotty: tenías razón


Siempre estaba callado, observando todo, pero nunca faltaba una sonrisa en sus labios. Pensativo, pausado, analítico, y siempre afable. Siempre estaba listo para ayudar, ofreciendo el contexto histórico que se necesitaba, revisando la redacción o simplemente, escuchando a una. Así era Julio Ghigliotty.

Hoy me levanté con el dolor de saber que ese amigo se había marchado para siempre. Pero me queda la certeza de que él siempre tenía la razón en lo que me decía.

Al veterano periodista que para muchos será sólo un nombre, yo lo recuerdo como el amigo y compañero de labores, uno de los que tanto aprendí en mi carrera y con quien estuve mano a mano en varias luchas por el país, algunas públicas y otras que no vale la pena mencionar.

Lo conocía desde que estaba como reportero en el desaparecido The San Juan Star, de las actividades en la Asociación de Periodistas de Puerto Rico y del Overseas Press Club. Luego, fuimos compañeros en El Nuevo Día.

Allá en esa sala de redacción de El Nuevo Día, me sentaba al lado de Julio, y él me rodeaba con una serie de amigos a los que a veces yo les llamaba “macharranes”, quienes hacían lo imposible por molestarme a mí y a algunas de las otras compañeras periodistas, especialmente a Mildred Rivera y Carmen Millán Pabón.

Julio era el co-conspirador. Junto a Benjamín Torres Gotay, Pepo García, David Colón, Héctor Peña, Raymond Pérez, José Javier Pérez, Pedro Rojas, Andy Simounet y a veces Javier Hernández, se juntaban para hacer maldades y sacar sus comentarios “machistas” con alevosía, sólo para molestarnos a las reporteras que nos creíamos las más “feministas”. Siempre era Pepo García el que iniciaba los relajos, pero uno de los autores intelectuales, así calladito, siempre era Julio. Tiraba la piedra y escondía la mano. Y nosotras siempre culpábamos a Pepo o a Benjamín, cuando a veces era Julio el que empezaba.

Así pasábamos las horas, especialmente cercano al cierre, riendo o hablando de noticias o de los políticos y sus cosas, cosas que poco a poco fueron desapareciendo en el periodismo corporativo que impone el silencio en las salas de redacción.

Es que compartir con Julio en el trabajo era encantador, como era él. Y no sólo eso, sino que te hacía sentir importante y siempre te enseñaba, estaba presto a ayudar, sin sonar arrogante, sólo colaborador.

Pero lo irónico de todo era que esa pastosidad con la que caminaba, su hablar bajo y suave, en nada ocultaban el excelente periodista que era. Hacía las preguntas más incisivas y su pluma – o  computadora – era el arma más mortal descubriendo a los políticos corruptos, desenmascarando esquemas, fiscalizando hasta más no poder.

Evidencia de su excelencia periodística fue el hecho de que la administración de Pedro Rosselló exigió a El Nuevo Día que lo sacara de cubrir La Fortaleza porque no estaban de acuerdo con las preguntas que Julio formulaba. Tampoco querían que publicara sus noticias en las que decía la verdad.

De hecho, su artículo de los primeros 100 días del segundo término de Rosselló, fue una de las notas que colmó la copa de esa administración y por eso Julio fue uno de los cinco – 5 – reporteros “culpables” de que ese gobierno cancelara las pautas publicitarias en El Nuevo Día y empezara una persecución contra los negocios de la Familia Ferré y contra los periodistas. En ese grupo de “culpables” estábamos Jesús Dávila, María Judith Luciano, José  Javier Pérez, Julio y esta servidora. “Culpables” porque ahí empezó la guerra entre el periódico y ese gobierno. “Culpables” porque simplemente hicimos la labor de fiscalizar y desenmascarar chanchullos. “Culpables” simple y llanamente por hacer el trabajo y apegarnos a la verdad, que es la raíz de todo periodista.
Y en esencia, eso fue lo que aprendí de Julio. A siempre ir detrás de la noticia y apegarme a la verdad. Sin miedo. Si fuimos “culpables” por eso, que para bien sea.

Julio también fue el primer periodista en reportar aquel bombazo mortal que acabó con la vida del guardia de seguridad David Sanés y que fue sin lugar a dudas, el hito que marcó el proceso para sacar a la Marina de Guerra de los Estados Unidos de la isla de Vieques.

Él era amigo, compañero y maestro. Fue bien cercano de uno de los más grandes en el periodismo, Manny Suárez. Ambos laboraron juntos en The San Juan Star, y con amigos como Eneid Routte-Gómez, Maggy Bobb, Lorelei Albanese y muchos otros, eran parte de una generación de periodistas valientes que está desapareciendo.

Julio también siempre fue un hombre moderno. Compartía el rol de padre con suma paciencia junto a otra de las más grandes del país, la querida amiga Daisy Sánchez. Juntos tenían a su hijo Gustavo, quien por los 10 años que estuve en El Nuevo Día creía que era mío.

A veces yo llegaba a la redacción y veía a Gustavo con Julio. Entonces le decía: “Julio, préstame a Gustavo”, así, como si fuera un juguete. Julio reía, pero sabía que tenía que rendirse. Así que yo me llevaba al nene a mi escritorio, le revisaba las tareas cuando las tenía, entre redactar nota y nota, o me lo llevaba a las asignaciones repoteriles. En muchas ocasiones llegaba a La Fortaleza o a El Capitolio con Gustavo y allá me topaba con Daisy, quien, resignada, sabía que fue que me llevé al nene. Y yo, que soy besucona, lo besaba y apretaba todo el tiempo, y siempre que lo hacía, Julio sonreía. Hasta que de pronto un día, Gustavo era más alto que Julio, que Daisy y que yo. Es un hombre. Ya no me atrevía a hacerlo más, pero le mencioné a Julio que se estaba poniendo viejo. Como siempre, él sonrió.

Julio laboró como comunicador, traductor y más recientemente como editor de fin de semana en la agencia de noticias Inter News Service (INS). Él sabía, como saben todos los periodistas buenos, que la experiencia se gana en más de un lugar y que a veces el campo te obliga a moverte de sitio. El laboró en Prensa Asociada, en El Reportero, en El Nuevo Día, en The San Juan Star, y fue activo en muchas otras luchas. Ya al final de su vida también colaboraba en la revista 80 Grados, con el Centro de Periodismo Investigativo y escribía ocasionalmente en su blog que llamaba "Guillotinadas". En todas sus facetas siempre escribió y reportó con libertad, con la frente en alto y apegado a la verdad.

La última vez que compartimos fue hace ya bastante tiempo, en la presentación del libro de Gino Ponti. Julio me contó de su enfermedad – el cáncer que finalmente lo venció esta mañana -, me habló de que se mudó a Cabo Rojo, que venía de vez en cuando a San Juan, que Gustavo era todo un hombre y que extrañaba el periodismo activo. Le dije que yo también, pero que no era lo mismo.

En esa actividad de Gino, me dijo que él veía un cambio peligroso en el periodismo hacia una mayor superficialidad, pero que confiaba en que siempre prevalecería el apego a la verdad. Que esa era la razón de ser del periodismo y que esperaba que los periodistas más jóvenes no lo olvidaran.

Yo coincidí entonces con él y ahora más que nunca. Julio, querido, como siempre, tenías la razón.

2 comments:

  1. Precioso escrito, Sandra. Describiste al dedillo al Julio que conoci cuando empezó en el periodismo en el San Juan Star, cuando todavia era un buen periodico (AA, antes de Angulo). Aunque estuve solo seis meses en deportes en El Nuevo Dia como part-time despues de haberme retirado del Boston Globe, tuve pocass ocasiones de compartir con Julio porque yo solo trabajaba las cuatro horas antes del cierre de la primera edicion de viernes a lunes en el 2006. Sin embargo, cada vez que lo saludaba como de acostumbrado, llamándolo "Giggles", siempre sonreia y por ahi empezabamos a hablar de los buenos tiempos en el Star.
    Ahora que se de tu blog lo continuaré buscando porque escribes muy bien y como tu existen pocos.
    Que En Paz Descanse mi amigo Julio.
    Tito Stevens

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  2. Wow Sandra que linda columna y lo describes tal como lo recuerdo y ya hacen mas de 12 anitos de eso. Fue uno de los periodistas mas fieles a su profesion...solo superado por ti.

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