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Tuesday, November 1, 2011

Tomás de Jesús Mangual


Ayer falleció Tomás de Jesús Mangual.

Me dio mucha tristeza al enterarme porque Tomás fue un apreciado colega periodista con el que compartí en muchísimas ocasiones, no sólo en el quehacer periodístico, sino también en el ambiente social y comunitario ya que por algún tiempo, fuimos vecinos en Guaynabo.

En muchas ocasiones discutíamos vehementemente sobre el periodismo y la competencia, porque, en esa época en que éramos vecinos, yo trabajaba en El Nuevo Día y él era veterano en El Vocero.

Yo le criticaba su estilo, y le decía que no fantaseara. Le decía que no inventara, que se apegara a relatar los hechos tal y como acontecían, sin ilusiones ni adjetivos, sino decir pura la verdad. Él se reía, bien estridente por cierto, y me contestaba que yo era demasiado seria y estricta. “Nena tú pareces mayor porque eres demasiado seria”, me decía e instaba a que usara un lenguaje más coloquial en mis notas para que todo el mundo entendiera. Hablaba de manera dura, un poco tosca, pero siempre con una sonrisa.

Me decía que debía redactar mis artículos de forma entretenida, divertida y graciosa. Cuando yo lo lograba en alguna nota, Tomás recortaba el periódico y me felicitaba. “Mira, guardé esto que sacaste y te quedó muy bien. Escribe corto porque se aburren”, me decía.

Nos criticábamos pero nos respetábamos. En realidad, yo comprendía su trasfondo y su estilo. Sabía que Tomás no era de mi generación, de esos periodistas que veníamos de estudiar en la universidad o con experiencia en varios medios en y fuera de Puerto Rico.

No. Tomás era de otra época en la que se trabajaba sólo en un mismo sitio, en su caso, en El Vocero. Sabía lo que tenía que decir y él mismo me dijo muchas veces que sabía que no era un gran escritor pero que en el periódico le editaban bien sus notas. Yo pensaba que para ser un buen periodista, lo esencial es tener pasión por la noticia y eso él lo tenía. Sabía cómo describir las escenas que narraba en cada uno de sus escritos haciendo a uno vivir el momento. Te llevaba al lugar de los hechos como si el lector fuera otro testigo.

Él era de los periodistas veteranos que tenían calle, sentido y sobre todo, olfato periodístico. Tampoco venía de una formación intelectual profunda con deseos de hacer literatura en el periodismo, sin embargo, lo hacía de manera única. Tomás sabía dónde estar, con quién hablar y cómo conectarse, características esenciales que se requieren en la profesión, pero que en la actualidad, palidecen en la medida en que cada vez más muchos reporteros y editores optan porque conformarse con publicar reacciones y recibir el material digerido. Tomás buscaba, rebuscaba y producía. No. Él no se conformaba con el libro de novedades de la Policía. El investigaba.

Tomás laboró por 37 años en El Vocero, de donde fue uno de los primeros periodistas, de los fundadores, y cómo él mismo solía decirme cada vez que me veía, “uno de los reporteros favoritos del dueño, Gaspar Roca”.

En realidad era favorito de muchos por su estilo peculiar de narrar las crónicas policiales. De hecho, él vivía la fuente. Fue policía honorario y recuerdo que hablaba como un agente. Si uno cerraba los ojos y lo escuchaba, pensaba que hablaba con un policía. Recuerdo que en una ocasión compró un carro azul marino que era igual al de los agentes y me decía “Mira Sandra, le mandé a poner tintes al carro para cuando vamos a las redadas”.

Era así. Cuando hablaba con Tomás pensaba que lo hacía con un oficial de la Policía. Él sabía todo. Por eso me gozaba cada vez que él se le adelantaba a los operativos policiacos que iba a realizar el Superintendente de turno, especialmente en la primera administración de Pedro Toledo. Los casos de asesinatos, arrestos, redadas de drogas, los contaba con un estilo periodístico que ya no existe.

Pero además de esas narrativas, me encantaba leer sus descripciones cada vez que sacaba alguna noticia del Chupacabras, o un chisme de algún fiscal, o casos de temas sexuales como el del hombre que murió teniendo relaciones sexuales en un motel. Lo criticaba pero siempre lo leía.

Compartí mucho con Tomás en fiestas o en el vecindario y siempre destaqué su sinceridad, don de gente y el hecho de que estaba listo para ayudar al que lo necesitara. Jamás olvidaré lo mucho que amaba a su hijo Tommy, que era un niño inquieto, como su padre.

Tomás falleció debido a complicaciones relacionadas a la diabetes y deberá ser sepultado mañana miércoles en Ponce.

Pienso que su partida, así como la de otros colegas que se han ido recientemente como Maggie Bobb o Rainee Hance, no puede olvidarse. Sus notas, así como los trabajos de otros reporteros forman parte del legado del periodismo puertorriqueño contemporáneo que no se puede perder. Debe ser recopilado y aprendido por las nuevas generaciones de periodistas para que entiendan que la profesión no comenzó con Twitter y Facebook ni que el periodismo real se basa en comunicados de prensa, sino en investigación. En hacer las preguntas y en no conformarse con la versión oficial. Ese era la esencia de lo que hacía Tomás y tantos otros amigos periodistas.

Se fue el periodista. Yo siempre recordaré a mi amigo Tomás.

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