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Friday, January 13, 2012

El dilema de la conexión


El año pasado conversaba alegremente con mis amigas Mónica y Vanessa en Gnoccho, un fabuloso restaurante italiano en Manhattan, en lo que iban llegando los otros nueve comensales que se unirían a la fiesta. Entre chistes y comentarios, la conversación se iba deteniendo por momentos. En vez de disfrutar la Amatriciana o la Tartufata mientras íbamos degustando un merlot Villa Gresti del 98, nos conectábamos no sólo a la tertulia multilingüe y deliciosa, sino también a nuestros apéndices, los celulares. Una con un Blackberry, varios Androids y muchos otros con los dichosos Iphones. Casi no me di cuenta, pero vivimos allí el dilema de la conexión.

Sin duda alguna estamos más conectados digitalmente que nunca antes, pero perdemos nuestras conexiones reales. Vivimos una adicción a los monitores.

Lo veo venir desde hace años. No puedes terminar una cena sin que el que está sentado frente a ti saque el celular y se ponga a chatear o a contestar un e-mail. Hijos que hablan con sus padres mediante mensajes de texto. Políticos y artistas que se tiran fotos desnudos y las cuelgan en al red para mantener su fama. En las reuniones ya muchos ni disimulan, y mientras alguno habla o hace una presentación, los que están de frente sacan sus aparatos móviles y hablan, o mueven los dedos con agilidad, verificando sus e-mails, leyendo noticias o chateando en Facebook. O los que simulan estar mirándote a los ojos pero al primer “tiru-riru, tiru-riru, tiru-riru-ri”, o sonido de campanas o regguetón, se ponen a hablar sin tan siquiera decir “con el permiso”, como si una estuviera pintada en la pared.

Es como vivir en dos mundos simultáneamente. A veces me pregunto: ¿Con quién es que todo el mundo está hablando? ¿Se reciben de verdad los mensajes?, y no sólo los mensajes electrónicos, sino los que se hablan en las conversaciones. ¿Estamos verdaderamente conectados? ¿A qué?


El estadounidense promedio dedica casi nueve horas diarias frente a algún monitor, según el libro “The Shollows” de Nicholas Carr. Esto se debe, en parte, a que las horas que los americanos dedicaban online se duplicaron de 2005 a 2009. De la misma forma se duplicó el tiempo frente a un televisor.

En Puerto Rico también se vive pegados a las pantallas de monitores o de celulares. Un 84% de las personas tienen teléfonos celulares, un 48% de los hogares tienen computadoras, y los que están conectados a la Internet, lo hacen constantemente, según el estudio “Media Brand Profile” que la firma de investigación Gaither International adelantó a 80grados.net y que presentará al país en febrero.

A pesar de que todos parecen estar pegados a sus celulares, el acceso a Internet aún sigue bajo. Sólo un 46% de la población tiene acceso a Internet, de acuerdo a los datos preliminares del estudio de Gaither. Este dato se confirma con las estadísticas de la Junta Reglamentadora de Telecomunicaciones que indican que a octubre del año pasado en el país habían 3.8 millones de líneas de telefonía (3 millones inalámbricas y unas 835,000 fijas), lo que representa más o menos 103.8 líneas por cada 100 habitantes. En otros países el porciento de líneas por habitantes es mucho más alto.

Y mientras más jóvenes son, más se conectan a la red. Un 62% de los menores de 18 años están en Internet, mientras que un 53% del grupo de 18-34 están conectados. Un 32% de los de 35-54 años están en la red y sólo un dos porciento de los mayores de 55 están conectados, de acuerdo al estudio de Gaither.

La mayoría de los que acceden a Internet es para conectarse a redes sociales (un 34%), para buscar información (un 30%) o para chatear o entrar en blogs (28%). Una cuarta parte (25%) lo hacen para entrar a sus correos electrónicos y sólo un 20% lo hace para realizar tareas escolares, según el estudio. Un 55% de los puertorriqueños tienen páginas en Facebook (53% de los hombres y 59% de las mujeres).

Toda estas conexiones nos permiten ser más productivos como quizás nunca antes en la historia de la humanidad porque podemos adelantar trabajo sin movernos de nuestro hogar, enterarnos de lo que ocurre en el mundo en segundos, educarnos, entretenernos y comunicarnos con tan sólo dar un click en el celular. Pero, a la misma vez, no debe sorprendernos que muchos nos sintamos desconectados no sólo de quien tenemos de frente, sino de uno mismo por las vidas tan complicadas que llevamos.

“Cuando las cosas vienen hacia ti con rapidez, es normal que pierdas contacto contigo mismo”, pronosticó el teórico de la comunicación Marshall McLuhan y hoy más que nunca esa frase está vigente.

¿Qué podemos hacer? La ironía es que las máquinas que se crearon para comunicarnos y hacer nuestras vidas fáciles no nos dicen como usarlas sin que se nos afecte la vida misma. La revolución informática vino sin un manual de instrucciones. La única forma de hacer justicia a nuestras vidas en un mundo lleno de monitores es prestándole atención a la claridad emocional que no se encuentra en ninguna pantalla.

No se trata de abandonar la tecnología ni de asistir a alguna terapia especial para romper en frío. En mi caso, vivo pegada a Twitter, a Facebook, a Google + y a Linkedin. Por años evité caer en la manía del dichoso celular, pero sucumbí y cargo con dos celulares, una tableta, un Nook, una laptop, una notebook, la antigua laptop que pesa como una tonelada y cuanta cosa aparezca. Sólo que trato de desconectarme y lo hago, cuando el momento lo amerita.

La única forma de estar conectado con todas nuestras relaciones es mantenerse enfocado en lo importante, que para mí, es la vida misma. Nunca puedes estar tan lejos de las cosas importantes sin que en algún momento te desconectes de lo que te importa a ti y a los tuyos. Y cuando pierdes esas conexiones, ni AT&T, ni Claro, ni T-Mobile. No hay ni un sólo proveedor que te traiga de regreso.
La felicidad radica en estar conectado con las relaciones.

(NOTA: Publiqué esta columna hoy en 80 Grados. http://www.80grados.net/2012/01/el-dilema-de-la-conexion/)

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