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Friday, May 6, 2016

Puerto Rico tiene el síndrome de la mujer maltratada

 

(NOTA: Esta columna fue publicada originalmente en NotiCel el 4 de mayo de 2016 -  http://www.noticel.com/blog/189808/puerto-rico-tiene-el-sindrome-de-la-mujer-maltratada.html )


Puerto Rico tiene el síndrome de la mujer maltratada. Vivimos enajenados de lo que nos golpea de frente, no caemos en cuenta ni mucho menos combatimos la violencia que nos tiene como pueblo en un estado de indefensión. Nos tienen con la bota puesta en la cara, y nosotros en el piso, sumisamente aceptamos que nos sometan, que nos maltraten y que nos humillen sin decir mucho.

Y aunque hay quien diga que esto es una exageración, la verdad es que quien es maltratado acepta las cosas por miedo. Eso explica nuestras contradicciones como pueblo. Por eso es que parece inexplicable que mientras el Gobernador anunció el tercer impago de la deuda pública que dejará a miles de puertorriqueños en estado crítico y sin dinero para vivir de sus pensiones, a muchos no les importó. Siguen pensando en que se acabó la telenovela Fatmagul. Pasa igual con los que callan y  aplauden que se gasten $42 millones en unas primarias y en el escrutinio electrónico, cuando ese dinero bien se podría usar para pagar a los terapistas o para ofrecer servicios necesarios.

Vivimos fuera de la realidad. La economía por el piso, pero pensamos que ya mismo viene maná del cielo y los americanos mandarán millones en fondos. Así como la mujer maltratada desea que haya una solución mágica para sus problemas, nos creemos que esto es transitorio hasta que venga el próximo gobierno. Pensamos que la crisis estructural se va a resolver con par de pesos. Los malabares de los políticos pasan a segundo plano porque vivimos dormidos. Los que no se drogan, se automedican, y los que no hacen eso, se van de shopping aunque tengan las tarjetas trepadas al máximo. O se van pensando que Orlando es Disney y que fácilmente vivirán en un mundo mágico al salir de aquí.

Como sucede cuando una persona es víctima de violencia de género, los puertorriqueños tenemos depresión generalizada. Con sólo sintonizar la radio am por 15 minutos al día y leer titulares de la prensa el 90% de lo que recibimos es negativo. Eso, a su vez, abona al clima de pesimismo y baja autoestima colectiva. Y esto afecta a todos sin importar el sexo ni la clase social. Como colectivo tenemos vergüenza, desamparo y culpa.

Aceptamos todo sin cuestionar por nuestra condición política porque se nos ha inculcado que la identidad del puertorriqueño es dócil. Como es una isla de menos de 100 por 35 millas, sin ríos navegables, que cabe 13 veces en Cuba, pensamos chiquito. Creemos que lo de afuera es mejor, no confiamos en nosotros mismos.

Porque de eso es que se trata el ciclo de la violencia. Se nos inculca que somos menos. Somos boricuas cuando un artista canta y le aplauden, pero no para pararse de frente y exigir derechos, sin miedo. Estamos sometidos, doblegados como pueblo. No nos respetamos a nosotros mismos.  Es como si existiera una sensación de culpabilidad, que  si no nos portamos bien viene el cuco del americano y nos quita la ciudadanía. Como protestamos contra la Marina en Vieques somos antiamericanos y nos merecemos que Obama se lave las manos como Pilato y que el Congreso republicano nos haga el mismo caso que le hacen a una mosca en la pared. No nos dejan radicar una quiebra ni renegociar la deuda pública, pero nos obligan a depender casi en la totalidad de los productos y alimentos más caros que nos venden los americanos porque que tienen monopolio de la importación y de la marina mercante.

Nos dan fondos federales y, como pasa cuando un maltratante regala flores y da besos después de dar una paliza, nos creemos que esto cambiará. Tenemos un ojo hinchado y una costilla rota por los golpes, pero el maltratante nos inculca que es él quien nos mantiene y nos regala fondos federales, pero no  acepta ni dice que se lleva más del doble del dinero que nos da en ayudas.

Puerto Rico no se atreve a tomar decisiones por miedo a que su pareja lo castigue. Es como si nos conformáramos con los golpes.  Por eso el temor y pánico a cualquier tipo de cambio se apodera del pueblo, como pasa con las víctimas de la violencia, porque no tenemos control sobre nuestro destino. Y como el que recibe violencia de manera sistemática, tenemos sentimientos encontrados. Aunque odiamos ser agredidas, también pensamos que nos lo merecemos porque hemos sido culpables de los golpes. O sea, si se nos impone la Junta Fiscal es porque nosotros gastamos de más en el gobierno, no porque se acepte que ellos son los dueños de la colonia y hacen aquí lo que les plazca.

Hay que romper el ciclo del maltrato. Hay que cerrar la puerta y empezar de nuevo. Hay que crear un nuevo país en donde se valore lo de aquí por encima de lo de afuera. Hay que promover la autogestión, la valentía, el compartir. Hay que volver a ser solidarios en vez de ver al otro como un enemigo. Hay que pararse en seco y decidir trabajar. empezar de nuevo. Hay que crear un nuevo país en donde se valore lo de aquí por encima de lo de afuera. Hay que promover la autogestión, la valentía, el compartir. Hay que volver a ser solidarios en vez de ver al otro como un enemigo. Hay que pararse en seco y decidir trabajar.

Por eso tengo fe. Aunque el pesimismo parece colectivo, sé que hay una generación de jóvenes y otros no tan jóvenes que se cansaron. Que no quieren seguir en la zona del confort y consideran humillante vivir del mantengo. Confío en esos que no  se quitan y que aceptan. Sé que son muchos que saben que para salir del ciclo del maltrato, lo primero que hay que hacer es reconocerlo. Buscar un nuevo horizonte.

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