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Friday, September 9, 2011

Un deambulante en Guaynabo City

“Son las seis de la mañana. Puerto Rico se despierta, y se informa…”, dice el titular mañanero de la radioemisora. A esa hora, callejea por San Patricio el señor X, uno de esos vagabundos a los que los puertorriqueños llaman deambulantes.

El suburbio, ciudad de cinco estrellas, se levanta. En los sitios de acceso controlado, madres se visten para ir al gimnasio mientras las ‘muchachas’ que contratan, casi todas extranjeras, preparan desayuno a los niños. Algunos padres, se revisan los nudos de las corbatas y salen rumbo a sus oficinas en San Juan o Hato Rey. Los niños, a los colegios. En los campos y las muchas áreas clasemedieras, madres solteras corren no para hacer ejercicio sino para hacer desayunos, vestir a los nenes y llevarlos a los colegios que pagan a duras penas. Avanzan para esquivar el tapón de la Martínez Nadal o de la 177 mal conocida como Los Filtros. Y en otros sectores, las familias se visten pa’ que las guaguas los recojan para ir a la escuela pública. Sí, porque en Guaynabo City también hay clase media y muchos pobres.

Y mientras ese escenario transcurre a diario, de lugares ocultos por las rotondas que coloca el Municipio, escondidos del trajín mañanero y tan ajenos a los BMWs, Mercedes o Audis que dominan la Ramírez de Arellano, brotan y pululan los deambulantes como el Señor X.

Hoy, por ser viernes, me levanté temprano, vestí a mi hija y no cociné el banquete usual. No quería cocinar. Me di el “lujo” de ir a un “fast food” a desayunar las tostadas con queso y el café. La nena, el revoltillo con papitas y jugo de china. El sitio estaba repleto de comensales que llegan al punto medio entre Guaynabo City y San Juan que es San Patricio. De pronto, irrumpió en el recinto el Señor X.
- “Oye, dame una pejeta pa algo”, musitó.

Las greñas, sucias. Parecían mojadas o quizás era una grasa de años. Desaliñado, sucio, con mal olor. Vestía un t-shirt negro con letras amarillas que leían “Sonríele a la vida”, un pantalón que le bailaba y no llegué a mirar si tenía o no zapatos. Sí ví que llevaba un vasito de cartón de otro fast-food, con una agua rojiza. Parecía un jugo. Quizás era otra cosa.

- “Dame algo que tengo hambre”, insistió.

Miré las caras de la gente. El Señor X iba mesa por mesa pidiendo comida. Un matrimonio en la esquina, quería ignorarlo pero Señor X se les acercó. Entonces el marido le dijo, “Salte. Vete a trabajar”. Señor X siguió.

Unas mesas más abajo, otra pareja. Parecían amantes. Chillos. Quizás estaban casados, pero la chulería que tenían de apretones y besucones mañaneros, demostraba lo contrario. Sí era evidente que trabajan en el mismo sitio porque llevaban las identificaciones iguales.

- “Por favor, ayúdame”, dijo Señor X.

La mujer bajó la cabeza y se cubrió la boca con la servilleta. Creo que perdió el apetito. El hombre se alzó y le espetó “Vete a joder a otro lao”.

Cabizbajo, el Señor X siguió mesa por mesa. Todo eso en cuestión de segundos hasta que los empleados uniformados empezaron a botarlo del recinto, como suelen hacerle en todos los lugares de comida a los que llegan los deambulantes, incluso los que supuestamente tienen tarjeta del PAN. Y pan es lo que buscan. Siempre están cerca a los sitios en donde les pueden dar algo de dinero, comida y agua. No sólo en las luces, entre los carros. También lo piden en restaurantes.

Yo lo miré. Recordé tantos otros que he visto en la calle. Pensé que seguramente llevaría varios días sin comer. Pero no tenía la mirada lejana y triste que suelen tener muchos desamparados, que por no tener un techo se cobijan bajo las estrellas o bajo los puentes, o en los parkings, o en cualquier recoveco. No. No tenía la mirada lejana. Más bien lucía penetrante. Una mirada rabiosa, a lo Shakira. De reto. Me decía con los ojos ‘estoy aquí aunque no les guste’. Y movía su cabeza de izquierda a derecha con ese tic nervioso que me recuerda a un alcalde del país. Parecía que acababa de meterse algo. Estaba en high.

No me dio miedo.

Le pregunté si quería comer o tomarse algo. Mi nena me dice, “mamá que se coma el pan que yo no quiero. La comida no se bota”, como repitiéndome la cantaleta que yo le digo a ella. Entonces le dije al Señor X que esperara que iba a comprar algo.

Y entonces fue que sentí un miedo y desolación. Casi rayando en el terror.

No fue por el Señor X, que nos siguió hasta la caja.

Me sentí como las doncellas que llevaban de sacrificio ante el matadero por las miradas y comentarios que, uno a uno, comenzaron a decir o hacer los comensales del lugar. “Qué puerco”. “Fo”. “Se me quitó el hambre”. “Vámonos”. Los empleados lo botaban. “Es que si le compra algo va a querer venir todos los días”, me dijo el gerente.

“Pero tiene hambre”, protestó mi hija, que con sólo nueve años, comprendió la injusticia.

Compramos algo y se lo dimos, mientras dos de los empleados nos escoltaron a los tres, al Señor X, a mi hija y a mi, fuera del lugar.
Cuando le tiraron la puerta, el juguito se le cayó de sus temblorosas manos al piso.

- “!Puñeta! No se mueren ahora mismo”, gritó el Señor X. Luego, comenzó a tirarle puntos a un fantasma en el aire.

Ya mi hija estaba en el carro y yo corrí a montarme, por si acaso me confundía con el fantasma.

Y mientras el Señor X seguía su rumbo por Guaynabo City, recordé que según las estadísticas oficiales, hay entre 25,000 y 30,000 Señores X en Puerto Rico. Viven así resultado del alcohol o las drogas o el maltrato.

Pasean libres o semi libres por nuestras calles, y la mayoría no los queremos ver.

Errantes, pululan y brotan hasta de los zafacones. Muchos, casi todos, son enfermos mentales desinstitucionalizados. Algunos tienen impedimentos de nacimiento, otros, provocados por efectos de la droga y la falta de tratamiento médico. Muchos son ancianos abandonados. Otros inmigrantes o enfermos.

Van erráticos por nuestras calles debido a la violencia, a la depresión, a un desarrollo urbano que los empuja a los abismos. Por la escasez de programas para atenderlos. Por el rechazo.

Están en nuestras calles. Nuestras aceras. En los bancos de las plazas públicas. En edificios abandonados. Duermen sobre cartones.
Y en la medida en que la Ley 7 y los despidos del sector privado, el colapso de la industria financiera y la falta de empleo aumentan, se siguen empujando a la sociedad a la marginación.

¿Qué hizo al Señor X pendonear a las seis de la mañana? ¿Y si fuera yo?

Mientras seguí mi rumbo en la Avenida González Guisti, ya había varias guaynabitos y guaynabitas “jogueando” para estar en “shape”. El tapón mañanero avanza. Las empleadas domésticas bajan de su estación del tren en Torrimar. Los empleados municipales embelleciendo los jardines de las carreteras de Guaynabo. La noticia positiva sonaba en la radio. Lo niños a los colegios y la gente a trabajar.

Y no ví por dónde se escabulló el Señor X ni hacia dónde se dirigía. Se perdió otro más, de los muchos en mi país. La pobreza no se ve. No la queremos ver.

1 comment:

  1. Y esa es la realidad de nuestra gran nación llamada PUERTO RICO, y a mi entender lo de rico se le esta acabando. Pero mientras esto siga como va y no hagamos nada entre todos esto sera peor. En PR existe pobreza, y muuucha; no solo economica, sino no moral, etica, y edicativa (y no solo me refiero a la falta de escolaridad).

    Mientas sigamos todo halando pa' nuestro lado y mirando de reojo la realidad en la que vivimos nunca habrá cambio positivo. Y al gobierno ni ji (como dicen por ahí), y no es que solo a ellos les toca el cambio, nos toca a todos, sino que para estos es más facil dirigir a un país de gente poco educada que de gente inteligente, y por eso no hacen nada.

    NOS TOCA A TODOS querer poener de nustra parte, y luego PONER DE NUESTRA PARTE

    Ya sabemos qué es lo que nos pasa Puerto Rico, ahora nos toca hacer algo!

    Att: Juan Báez Meléndez

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