Bajo la dirección de Ileana García, la pieza consagra la maestría del actor en la apertura magistral del taller de Agua, Sol y Sereno, a pasos de la calle Cerra. (Reseña)
Por Sandra D. Rodríguez Cotto
Asistir a la puesta en escena de Siete Veces Siete no fue solo ir al
teatro; fue participar en un rito de inauguración espiritual y artística. ¡Qué
privilegio haber sido testigo de ese momento! En el nuevo espacio del colectivo
de arte y cultura Agua, Sol y Sereno, a pasos de la vibrante Calle Cerra de
Santurce, el actor Julio Ramos celebró sus 40 años de trayectoria entregando
una cátedra de actuación unipersonal que dejó al público en un estado de
reverencia absoluta.
El público salía emocionado del recinto al ver la entrega absoluta del
actor en escena. Decir 40 años de maestría es fácil, pero verlos desplegados
con esa potencia —desde el silencio sepulcral de la soberbia hasta la
genialidad en el personaje de una vaca— , y ver una producción de un nivel
profesional inmenso, fue un regalo para el teatro puertorriqueño de principio a
fin.
Bajo la dirección impecable de Ileana García, la pieza transita por las siete sombras del ser humano a través de la pluma de lo más selecto de nuestra dramaturgia puertorriqueña. Cada pieza, escrita por un autor distinto, va pintando un mosaico de los pecados capitales con una maestría extraordinaria tanto en el texto como en la actuación.
La primera pieza es “Pereza”, escrita por José Luis Ramos Escobar,
seguida por “Lujuria” escrita por el propio actor Julio Ramos. “Ira” fue
escrita por Gerard Paul Marín, “Avaricia” por Freddy Acevedo, “Gula” por Jorge
González, “Soberbia” por Roberto Ramos Perea y “Envidia” por Carlos Vega.
Todo el público salió impresionado por la actuación y por lo complejo de
cada una de las piezas, que iban desde lo cómico e irreverente hasta lo estremecedor.
Hubo momentos en donde el recinto se sumió en una tensión de silencio absoluto.
Eso pasó en la pieza “Ira” y en “Lujuria”, escrita por el actor.
De hecho, la primerísima actriz y maestra de maestros, Idalia Pérez Garay, comentaba al salir del teatro que en la pieza “Lujuria” -que aborda una violación, casi sin movimientos en escena- la atmósfera era tan potente que se podía sentir la respiración contenida de los presentes; una conexión visceral que solo el "teatro puro" logra generar.
La versatilidad del actor se vio desde el principio. De la crudeza del
asesino a la comedia desternillante con personajes como "la vaca" o
el "las matas", Julio Ramos demostró por qué cuatro décadas sobre las
tablas no son en vano. Es capaz de hacerte reír a carcajadas un segundo y, al
siguiente, sacudirte el alma con una verdad incómoda.
Vale la pena destacar que en la parte de “Soberbia” donde interpreta a
un “caco” en un punto de drogas, el actor se transformó en otro ser. El texto
de Ramos Perea fue extraordinario y los distintos matices del actor en cada
personaje lo hicieron el favorito de muchos de los presentes.
Entre acto y acto, se escuchaba el "mantra del 7", un coro de
voces declamado por figuras como Marian Pabón, Jimmy Navarro, Lilly García, Alexandra Cedeño, Radames Medina, Lyanchesi
Santiago y Joseph Lagares, servía como un puente místico que mantenía al
espectador anclado a la narrativa.
Esta pieza,
que estrenó originalmente en 2005 con gran éxito en Puerto Rico y Nueva York,
presenta a un hombre en un viaje existencial agobiado por su realidad. En este
montaje vemos personajes rendidos ante un entorno donde los valores universales
quedan en segundo plano, planteando una lucha cargada de cuestionamientos
filosóficos y, a la vez, profundamente cotidianos.
Un Nuevo Pulmón Cultural
Más allá de la actuación de Ramos que, sin duda alguna, marca un
estándar altísimo, lo que vivimos fue la consolidación de un nuevo eje cultural
en San Juan que también merece destaque. La labor de Pedro Adorno y todo su
equipo de artistas en el colectivo Agua, Sol y Sereno, al abrir esta sala
comunitaria, es, sencillamente magistral. Crear hogares para el arte con esa
visión comunitaria que tanto necesitamos como pueblo, es admirable.
Es una maravilla ver cómo se gesta esta calle cultural: pasas por una
galería, ves el taller y desembocas en la magia del teatro experimental. Es un
espacio que invita a crear y que revitaliza nuestra escena artística, que
merece todo el apoyo del público puertorriqueño y de compañías que aporten a su
sostenimiento mediante auspicios.
Siete Veces
Siete es una experiencia profesional enorme, necesaria y conmovedora. Es un
recordatorio de que, cuando se junta un texto sólido, una dirección sensible y
un actor en la cumbre de sus facultades, el teatro se convierte en algo
sagrado. Ojalá que esta pieza regrese pronto y que las luces de este nuevo
espacio de Agua, Sol y Sereno no se apaguen nunca.




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