Lo que acaba de ocurrir en Alemania debería preocuparnos —o por lo menos obligarnos a mirar con mucha más atención— lo que está pasando en Puerto Rico.
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| Imagen creada con IA |
Lo que acaba de ocurrir en Alemania debería preocuparnos —o por lo menos obligarnos a mirar de cerca— lo que está pasando en Puerto Rico.
La ultraderecha acaba de conseguir una victoria
histórica en Sajonia-Anhalt ayer domingo. El Partido Alternativa para Alemania,
(AfD), obtuvo alrededor del 44% de los votos en las elecciones estatales.
Aunque no ganaron las elecciones nacionales alemanas, sí lograron algo simbólico:
convertirse en la fuerza principal en un estado alemán y demostrar que la
extrema derecha ya no está al margen del sistema político europeo. Está en el
centro de la conversación y tocando las puertas del poder.
Y ahí está la primera lección para nosotros: las
grandes revoluciones políticas no empiezan necesariamente cuando un partido
llega al poder. Comienzan cuando sus ideas dejan de parecer marginales y
empiezan a verse como el sentido común. Eso es lo que deberíamos estar
observando.
Porque Alemania no está sola. La derecha ha ganado
terreno en América Latina, en Europa y, sobre todo, en Estados Unidos.
Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia, Costa Rica, Colombia y Perú forman parte de
un mapa político que se ha ido desplazando hacia posiciones conservadoras,
nacionalistas o abiertamente populistas. No son todos iguales, pero comparten
un lenguaje que está recorriendo el mundo: seguridad, orden, nacionalismo,
rechazo a las élites políticas, menos regulación, más mercado, más autoridad, menos
confianza en las instituciones tradicionales.
Y Puerto Rico está dentro de esa corriente. No podemos fingir que somos espectadores.
Tenemos una gobernadora republicana, Jenniffer
González, políticamente alineada con Donald Trump y con sectores conservadores
de Estados Unidos. En marzo, González participó en el Miami Security Forum de
The Heritage Foundation, uno de los principales centros intelectuales del
conservadurismo estadounidense, donde presentó a Puerto Rico como pieza
estratégica de la seguridad de Estados Unidos.
Eso no es un detalle menor. Porque Heritage no es
simplemente una organización que organiza conferencias. Es parte de una
poderosa infraestructura ideológica que lleva décadas impulsando una agenda
conservadora en Estados Unidos. Y ahí comienza la conexión real con Alemania:
mientras allá la derecha radical demuestra que puede pasar de los márgenes al
centro del poder electoral, en Estados Unidos la derecha que representa Trump
ya está en el gobierno federal. Y Puerto Rico, como territorio, está conectado
directamente a Washington. Por eso, cuando vemos lo que ocurre en Alemania, no
debemos preguntarnos únicamente si algún día la AfD gobernará ese país. Tenemos
que preguntarnos qué ideas están ganando terreno internacionalmente y cómo
están llegando a Puerto Rico.
Y entonces aparece otra pieza del rompecabezas: el
dinero.
El súper PAC Democracia es Prosperidad volvió a
activarse de cara al próximo ciclo electoral. Su objetivo declarado es apoyar
candidatos y políticas favorables al desarrollo económico y al sector
empresarial. Perfecto. Eso es legal y forma parte de la democracia
estadounidense. Pero como periodistas tenemos la obligación de hacer preguntas.
¿Quién pone el dinero? ¿A quiénes se está financiando?
¿Qué candidatos recibirán apoyo? ¿Qué legislación quieren impulsar? ¿Qué
sectores económicos se beneficiarán? Y, sobre todo: ¿estamos frente a una
campaña electoral o frente a la construcción de una nueva estructura de poder?
Porque la derecha moderna no depende exclusivamente de
un partido político. Tiene empresarios. Tiene PACs. Tiene donantes. Tiene
organizaciones ideológicas. Tiene think tanks. Tiene abogados. Tiene
plataformas digitales. Tiene redes internacionales. Y en Puerto Rico controla
la mayoría de los medios de comunicación tradicionales, y ha ido creando
espacios digitales. Además, tiene una narrativa muy efectiva: menos Estado, más
mercado; más seguridad, menos derechos; más autoridad, menos cuestionamiento;
más inversión, menos regulación.
Muchas veces esa narrativa no llega diciendo que
quiere transformar completamente el sistema. Llega hablando de
"eficiencia", "competitividad", "seguridad",
"modernización", "libertad económica" y "crecimiento".
Todas son palabras atractivas. Pero detrás de ellas hay que mirar las políticas
concretas: ¿quién controla la energía? ¿Quién controla la infraestructura?
¿Quién recibe los incentivos contributivos? ¿Quién compra los terrenos? ¿Quién
administra los servicios públicos? ¿Quién gana con la privatización? ¿Quién
paga la factura?
Puerto Rico ya está viviendo parte de esa discusión.
La energía es un ejemplo. La privatización y contratación de servicios públicos
es otro. La vivienda, los terrenos, el agua, la infraestructura y los
incentivos contributivos son otros.
La pregunta no debe ser si queremos desarrollo
económico. Por supuesto que lo queremos. La pregunta es: ¿desarrollo para
quién? Porque una política puede llamarse “proceso” y, al mismo tiempo,
producir concentración de riqueza. Puede llamarse "modernización" y
terminar debilitando servicios públicos. Puede llamarse "inversión" y
terminar entregando activos estratégicos a intereses privados. Puede llamarse
"libertad económica" y dejar al ciudadano con menos capacidad para
defenderse frente al poder económico…….
También debemos observar las relaciones con Israel y
el creciente alineamiento de sectores de la derecha puertorriqueña con
determinadas posiciones de la derecha republicana estadounidense. La
administración de González ha promovido públicamente el fortalecimiento de los
vínculos entre Puerto Rico e Israel. Eso tampoco ocurre en un vacío político:
Israel se ha convertido en uno de los grandes puntos de convergencia dentro del
conservadurismo estadounidense y de la política republicana.
Entonces tenemos varias piezas sobre la mesa: Trump.
La derecha republicana. Heritage Foundation. El gobierno de Puerto Rico. Jennifer
González. Sectores
empresariales. PACs. Israel. Las elecciones de 2028.
La pregunta periodística es si estas piezas están
conectadas y, si lo están, cómo. Porque sería ingenuo pensar que las grandes
transformaciones políticas ocurren solamente el día de las elecciones. Las
elecciones son el resultado final. Antes vienen el dinero, las organizaciones,
las alianzas, las narrativas, los candidatos, las campañas de comunicación y la
construcción de una nueva idea de lo que debe ser el país.
Si la tendencia internacional continúa, los sectores
conservadores llegarán a esa elección con una ventaja importante: no tendrán
que inventar el discurso. Podrán señalar hacia Washington. Podrán señalar hacia
América Latina. Podrán señalar hacia Europa. Podrán decir: "esto está
pasando en todas partes." Y esa normalización importa, porque eso fue
precisamente lo que ocurrió durante años con movimientos que antes parecían
imposibles de imaginar en posiciones de poder.
Y aquí quiero hacer una advertencia. Esto no se trata
de demonizar a la derecha. La democracia necesita derecha, izquierda y todas
las posiciones intermedias. El problema comienza cuando dejamos de mirar
críticamente quién tiene el poder, quién financia las campañas y quién termina
beneficiándose de las decisiones públicas.
Por eso lo que ocurrió en Alemania debe servirnos de
espejo. La AfD no llegó de la nada al 44%. Llegó después de años construyendo
organización, discurso, identidad política y capacidad electoral. Y Puerto Rico
debe preguntarse si algo parecido está ocurriendo aquí, aunque con
características propias.
Porque quizá la pregunta más importante de cara a 2028
no sea "¿ganará la derecha?". La pregunta es mucho más incómoda:
¿quién está construyendo la derecha que podría gobernar Puerto Rico después de
2028? Y todavía más importante: ¿qué Puerto Rico quieren construir?
No podemos afirmar que todas estas piezas —Trump,
Heritage, el gobierno local, los PACs, Israel— formen parte de una misma
estrategia sin investigar las conexiones concretas. Pero sí podemos, y debemos,
hacer la pregunta. Porque ese es precisamente el trabajo del periodismo: no
asumir, no demonizar, investigar. Seguir el dinero. Seguir las organizaciones.
Seguir los candidatos. Seguir las alianzas. Seguir las políticas. Y seguir
quién termina beneficiándose.
Alemania acaba de demostrar que una transformación
política puede parecer imposible hasta que deja de serlo. Ese debate tenemos
que abrirlo ahora, antes de que llegue la campaña electoral y nos encontremos
con que las decisiones más importantes ya fueron tomadas por otros. Puerto Rico
tiene dos años para decidir si quiere simplemente observar ese proceso... o
entenderlo antes de que llegue a nuestras urnas.

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