Un evento deportivo y la semana de la moda nos llevaron a la Gran Manzana, pero fue la muerte y la fragilidad de la vida lo que redefinió para siempre nuestra mirada y prioridades.
Cada vez que se acerca esta
época del año, me embarga una mezcla entre tristeza y silencio. Antes solía ser
una ansiedad punzante, pero hoy, al cumplirse un cuarto de siglo, predomina una
necesidad profunda de hacer una pausa, mirar hacia atrás y reflexionar sobre
los momentos tan determinantes que a veces nos toca atestiguar.
El 11 de septiembre es una
fecha marcada a fuego en la memoria histórica. Para América Latina evoca el
doloroso golpe de Estado en Chile y la figura de Salvador Allende en 1973; pero
a partir del 2001, quedó inevitablemente atada a los ataques terroristas contra
la metrópolis, Nueva York. Un evento que transformó al mundo como lo
conocíamos, desde las dinámicas geopolíticas y las guerras que le siguieron,
hasta la forma en que cruzamos un aeropuerto.
En aquel septiembre de 2001, yo era reportera del periódico El Nuevo Día. Como ocurre con frecuencia entre los puertorriqueños, la presencia boricua en Nueva York era masiva esa semana. Había una efervescencia mediática única porque coincidían dos eventos de gran envergadura: la cotizada semana de la moda (Fashion Week) y una histórica cartelera boxística donde peleaba nuestro héroe nacional, Félix "Tito" Trinidad contra Bernard Hopkins, y también estaba John Ruiz en los pesos pesados, que se enfrentaba a Evander Holyfield. Nadie imaginaba que la festividad y el orgullo nacional quedarían suspendidos en el aire para dar paso al peor acto terrorista en la historia moderna.
De pronto, aviones comerciales
de American Airlines y United Airlines se convirtieron en armas. Los visuales
en vivo por televisión, de los aviones chocando con las Torres Gemelas
—símbolos colosales del capitalismo estadounidense— jamás se olvidarán. El
fuego, el humo, el polvo, la gente lanzándose desde los pisos 99 y 100 de las
torres a una muerte segura quedaron grabadas como evidencia del terror. Después
las torres colapsaron, mientras el Pentágono sufría otro impacto y otro vuelo
más caía – o lo tumbaron - en Pensilvania.
La vorágine del momento era
abrumadora. Recordar aquellos días es revivir la desesperación que viví y vivió
mi familia entonces. Nadie lograba asimilar la magnitud de la tragedia.
Pero más allá de los datos
oficiales, las carreas entre edificios y estacionamientos siguiendo al entonces
alcalde Rudy Guiliani, los llantos y la cara de espanto de los neoyorquinos,
jamaqueados e incrédulos por el susto, quedaron en la memoria colectiva. Mucha especulación,
miedo, calles cerradas y visita de George Bush a la zona cero, sabiendo que cientos
de policías, bomberos y primeros respondedores ofrendaron su vida y yacían bajo
los escombros.
Los análisis militares. Los análisis
científicos. La cobertura 24/7. El miedo se propagó rápidamente y se transformó
en odio contra musulmanes y extranjeros como un fuego ardiente. Las vistas
congresionales que vinieron después, pero a mí, lo que se me quedó grabado en
la piel fue lo que se vivió en la calle.
En medio del terror, Nueva York
experimentó una metamorfosis extraña: la aridez o aspereza habitual del
neoyorquino desapareció de golpe. La gente se miraba a los ojos, se saludaba,
se cuidaba. Hablaban en voz baja esos primeros días. El miedo compartido nos
devolvió una solidaridad humana que flotaba en medio del humo y la
incertidumbre.
En ese escenario caótico nos
encontramos los periodistas puertorriqueños. Acompañada de valientes colegas y
amigos de la prensa local —a quienes prefiero no listar para no cometer la
injusticia de dejar a ninguno fuera— nos dimos a la tarea de informar. Recuerdo
la llegada de José Delgado, quien acababa de integrarse al periódico desde
Washington tras la salida de Leonor Mulero. José tuvo que abrirse paso entre
guaguas y trenes, hablando duro y en español para evitar tensiones, pues en
medio de la paranoia colectiva, su tez oliva y su barba hacían que algunos lo
miraran con recelo hasta que escuchaban su acento caribeño.
Nos juntamos también con Mabel
Figueroa de Primera Hora, José Rolón y
Mayra Acevedo, del Canal 6, y Denise Pérez, quien en ese momento estaba
en El Vocero. Ahora que lo pienso bien, todos los abrazábamos, reíamos juntos,
nos tocábamos las manos cuando nos encontrábamos, de manera inconsciente. Es
que vivimos el dolor de cerca y conocernos nos daba aire.
Una de las anécdotas que no
olvidaré fue lo que le pasó a Pablo, quien había sido mi novio durante los años
universitarios y trabajaba justamente en el World Trade Center. Salvarse fue un
asunto de segundos y de casualidad. Tenía que ir a trabajar en una de las
torres porque dirigía un proyecto de remodelación del Fuji Bank. Esa mañana llego
por el “path” subterráneo, se subió a la plazoleta y frente a la torre,
se fumó un cigarrillo, Newport, que eran sus favoritos.
Pablo decidió no subir a la Torre,
y se fue caminando varios edificios abajo, a su oficina original de “procurement”.
Cuando subió el asesor, la gente gritaba y corría porque veían por las ventanas
cuando justamente ocurrían los impactos de los aviones. A donde iba a subir fue
la primera torre que colapsó. El impacto emocional fue tal, que poco después
decidió mudarse a Texas y, con el tiempo, regresar a Puerto Rico. Pero otros
amigos que estudiaron con nosotros en la universidad en New Jersey no tuvieron
esa suerte. Supe de al menos tres que perecieron allí.
Durante días estuvimos viendo,
oliendo y sintiendo la muerte. Escuchando las anécdotas de la gente. Sin
embargo, mi mente periodística entró en ese modo automático que nos
caracteriza: moverse, investigar, redactar y seguir adelante. No procesé el
golpe emocional de inmediato.
La sacudida real me llegó dos
semanas después. Un avión de American Airlines con destino a Santo Domingo se
desplomó e incendió en el aire poco después de despegar de Nueva York. El
fantasma de un segundo ataque terrorista paralizó al mundo, aunque más tarde se
confirmó que fue un trágico accidente técnico. Como siempre fui aventurera y
amante de la República Dominicana, el subdirector del periódico, Héctor Peña,
me envió a cubrir la noticia.
Llegué a Santo Domingo y en
menos de medio día ya había localizado a las familias de las víctimas. En una
misma calle coincidían dos historias desgarradoras: una madre joven que viajaba
para reencontrarse con sus hijos y una pareja de envejecientes que, tras una
vida de trabajo en la Gran Manzana, regresaban a su tierra a retirarse. Ninguno
llegó.
Al entrar a esas casas y
abrazar a esos familiares, toda la adrenalina acumulada desde el 11 de
septiembre en Nueva York se desbordó. Sufrí un ataque de llanto incontrolable.
Toda la muerte retenida en los pulmones y en el alma se me manifestó ahí, en
República Dominicana. Entendí, de golpe y sin anestesia, lo efímera, frágil y
corta que es la vida.
Esos dos eventos consecutivos
me cambiaron la perspectiva de todo. Aunque siempre he amado el periodismo con
pasión, entendí que la vida está por encima de cualquier titular o exclusiva. A
partir de ese momento, mi rumbo personal y profesional comenzó a transformarse
gradualmente hacia priorizar lo verdaderamente esencial.
Hoy, a 25 años de distancia, no
puedo evitar entrar en una especie de letargo emocional cada vez que el
calendario marca esta fecha. Me quedo en silencio. Oro por las miles de almas
que se apagaron en las torres y en los aviones, pero también oro por todas las
vidas perdidas en las guerras y conflictos que desencadenó ese fatídico día. El
periodismo me dio el privilegio y el dolor de contarlo; la vida me dio la
oportunidad de aprender de ello.
No comments:
Post a Comment