Periodista independiente en Puerto Rico

Thursday, September 10, 2026

Cuando el cielo se cayó sobre Nueva York: reflexiones a 25 años del 11 de septiembre

Un evento deportivo y la semana de la moda nos llevaron a la Gran Manzana, pero fue la muerte y la fragilidad de la vida lo que redefinió para siempre nuestra mirada y prioridades.


Cada vez que se acerca esta época del año, me embarga una mezcla entre tristeza y silencio. Antes solía ser una ansiedad punzante, pero hoy, al cumplirse un cuarto de siglo, predomina una necesidad profunda de hacer una pausa, mirar hacia atrás y reflexionar sobre los momentos tan determinantes que a veces nos toca atestiguar.

El 11 de septiembre es una fecha marcada a fuego en la memoria histórica. Para América Latina evoca el doloroso golpe de Estado en Chile y la figura de Salvador Allende en 1973; pero a partir del 2001, quedó inevitablemente atada a los ataques terroristas contra la metrópolis, Nueva York. Un evento que transformó al mundo como lo conocíamos, desde las dinámicas geopolíticas y las guerras que le siguieron, hasta la forma en que cruzamos un aeropuerto.

En aquel septiembre de 2001, yo era reportera del periódico El Nuevo Día. Como ocurre con frecuencia entre los puertorriqueños, la presencia boricua en Nueva York era masiva esa semana. Había una efervescencia mediática única porque coincidían dos eventos de gran envergadura: la cotizada semana de la moda (Fashion Week) y una histórica cartelera boxística donde peleaba nuestro héroe nacional, Félix "Tito" Trinidad contra Bernard Hopkins, y también estaba John Ruiz en los pesos pesados, que se enfrentaba a Evander Holyfield. Nadie imaginaba que la festividad y el orgullo nacional quedarían suspendidos en el aire para dar paso al peor acto terrorista en la historia moderna.

De pronto, aviones comerciales de American Airlines y United Airlines se convirtieron en armas. Los visuales en vivo por televisión, de los aviones chocando con las Torres Gemelas —símbolos colosales del capitalismo estadounidense— jamás se olvidarán. El fuego, el humo, el polvo, la gente lanzándose desde los pisos 99 y 100 de las torres a una muerte segura quedaron grabadas como evidencia del terror. Después las torres colapsaron, mientras el Pentágono sufría otro impacto y otro vuelo más caía – o lo tumbaron - en Pensilvania.

La vorágine del momento era abrumadora. Recordar aquellos días es revivir la desesperación que viví y vivió mi familia entonces. Nadie lograba asimilar la magnitud de la tragedia.

Pero más allá de los datos oficiales, las carreas entre edificios y estacionamientos siguiendo al entonces alcalde Rudy Guiliani, los llantos y la cara de espanto de los neoyorquinos, jamaqueados e incrédulos por el susto, quedaron en la memoria colectiva. Mucha especulación, miedo, calles cerradas y visita de George Bush a la zona cero, sabiendo que cientos de policías, bomberos y primeros respondedores ofrendaron su vida y yacían bajo los escombros.

Los análisis militares. Los análisis científicos. La cobertura 24/7. El miedo se propagó rápidamente y se transformó en odio contra musulmanes y extranjeros como un fuego ardiente. Las vistas congresionales que vinieron después, pero a mí, lo que se me quedó grabado en la piel fue lo que se vivió en la calle.

En medio del terror, Nueva York experimentó una metamorfosis extraña: la aridez o aspereza habitual del neoyorquino desapareció de golpe. La gente se miraba a los ojos, se saludaba, se cuidaba. Hablaban en voz baja esos primeros días. El miedo compartido nos devolvió una solidaridad humana que flotaba en medio del humo y la incertidumbre.

En ese escenario caótico nos encontramos los periodistas puertorriqueños. Acompañada de valientes colegas y amigos de la prensa local —a quienes prefiero no listar para no cometer la injusticia de dejar a ninguno fuera— nos dimos a la tarea de informar. Recuerdo la llegada de José Delgado, quien acababa de integrarse al periódico desde Washington tras la salida de Leonor Mulero. José tuvo que abrirse paso entre guaguas y trenes, hablando duro y en español para evitar tensiones, pues en medio de la paranoia colectiva, su tez oliva y su barba hacían que algunos lo miraran con recelo hasta que escuchaban su acento caribeño.

Nos juntamos también con Mabel Figueroa de Primera Hora, José Rolón y  Mayra Acevedo, del Canal 6, y Denise Pérez, quien en ese momento estaba en El Vocero. Ahora que lo pienso bien, todos los abrazábamos, reíamos juntos, nos tocábamos las manos cuando nos encontrábamos, de manera inconsciente. Es que vivimos el dolor de cerca y conocernos nos daba aire.

Una de las anécdotas que no olvidaré fue lo que le pasó a Pablo, quien había sido mi novio durante los años universitarios y trabajaba justamente en el World Trade Center. Salvarse fue un asunto de segundos y de casualidad. Tenía que ir a trabajar en una de las torres porque dirigía un proyecto de remodelación del Fuji Bank. Esa mañana llego por el “path” subterráneo, se subió a la plazoleta y frente a la torre, se fumó un cigarrillo, Newport, que eran sus favoritos.

Pablo decidió no subir a la Torre, y se fue caminando varios edificios abajo, a su oficina original de “procurement”. Cuando subió el asesor, la gente gritaba y corría porque veían por las ventanas cuando justamente ocurrían los impactos de los aviones. A donde iba a subir fue la primera torre que colapsó. El impacto emocional fue tal, que poco después decidió mudarse a Texas y, con el tiempo, regresar a Puerto Rico. Pero otros amigos que estudiaron con nosotros en la universidad en New Jersey no tuvieron esa suerte. Supe de al menos tres que perecieron allí.

Durante días estuvimos viendo, oliendo y sintiendo la muerte. Escuchando las anécdotas de la gente. Sin embargo, mi mente periodística entró en ese modo automático que nos caracteriza: moverse, investigar, redactar y seguir adelante. No procesé el golpe emocional de inmediato.

La sacudida real me llegó dos semanas después. Un avión de American Airlines con destino a Santo Domingo se desplomó e incendió en el aire poco después de despegar de Nueva York. El fantasma de un segundo ataque terrorista paralizó al mundo, aunque más tarde se confirmó que fue un trágico accidente técnico. Como siempre fui aventurera y amante de la República Dominicana, el subdirector del periódico, Héctor Peña, me envió a cubrir la noticia.

Llegué a Santo Domingo y en menos de medio día ya había localizado a las familias de las víctimas. En una misma calle coincidían dos historias desgarradoras: una madre joven que viajaba para reencontrarse con sus hijos y una pareja de envejecientes que, tras una vida de trabajo en la Gran Manzana, regresaban a su tierra a retirarse. Ninguno llegó.

Al entrar a esas casas y abrazar a esos familiares, toda la adrenalina acumulada desde el 11 de septiembre en Nueva York se desbordó. Sufrí un ataque de llanto incontrolable. Toda la muerte retenida en los pulmones y en el alma se me manifestó ahí, en República Dominicana. Entendí, de golpe y sin anestesia, lo efímera, frágil y corta que es la vida.

Esos dos eventos consecutivos me cambiaron la perspectiva de todo. Aunque siempre he amado el periodismo con pasión, entendí que la vida está por encima de cualquier titular o exclusiva. A partir de ese momento, mi rumbo personal y profesional comenzó a transformarse gradualmente hacia priorizar lo verdaderamente esencial.

Hoy, a 25 años de distancia, no puedo evitar entrar en una especie de letargo emocional cada vez que el calendario marca esta fecha. Me quedo en silencio. Oro por las miles de almas que se apagaron en las torres y en los aviones, pero también oro por todas las vidas perdidas en las guerras y conflictos que desencadenó ese fatídico día. El periodismo me dio el privilegio y el dolor de contarlo; la vida me dio la oportunidad de aprender de ello.

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