Breve historia sobre una
máquina de escribir, un hombre mayor y la huérfana soledad de los recuerdos
borrados.
Por Sandra D. Rodríguez
Cotto
La
máquina de escribir de Don Mateo funcionaba con memoria, no con tinta. Cada vez
que tocaba una tecla, una leve vibración recorría la madera de su escritorio de
caoba, mientras el papel amarillento absorbía un fragmento exacto de su pasado.
Empezó
por escribir las cosas insignificantes. Los números de la Loto, la receta para
evitar la caída del cabello, o el número de aquella casa que una vez soñó que
llegaría a comprar.
Una
tarde decidió teclear la fórmula de las ecuaciones cuadráticas que aprendió en
la escuela, y al terminar la última cifra, descubrió que el vacío en su mente
era perfecto, pero en la página había puesto el recuerdo intacto en trazos
negros. Fascinado por el hallazgo, continuó así su meta de escribir por varios
días grises. Las tardes de lluvia en que no tuvo a dónde ir, las discusiones
amargas con vecinos que ya ni recordaba por qué ni quién las empezó, y el dolor
punzante de un diente picado a los veinte años y que nunca se arregló.
En pocos meses, Mateo encontró su casa rebosante de carpetas de cartón llenas de pliegos y papeles. Mientras más escribía, más ligera se sentía su cabeza, como si estuviera vacía de ochenta años de vida. Pero esa sensación de ligereza le duró poco, y el cambio fue extraño. Ya no recordaba el sabor del café que odiaba, y descubrió que tampoco saboreaba al que tanto le gustaba.
Una
noche que hacía frio, Mateo se posó frente a la máquina con los dedos
temblorosos sobre las teclas. Quería deshacerse del único fantasma que todavía
le oprimía el pecho: el rostro de Beatriz, su esposa, partiendo en la parada de
guagua, cincuenta años atrás.
Tecleó
sin parar durante horas. Describió el color del abrigo verde de Beatriz, el ruido
de aquella guagua pisa y corre y su mirada cuando el chofer se puso en marcha.
Escribió y escribió, y para cuando puso el punto final, sintió un alivio helado
y absoluto. Levantó la vista y miró la habitación. En la mesita descansaba el
retrato enmarcado de una mujer de sonrisa dulce. Mateo la miró detenidamente,
extrañado, sin reconocer las facciones ni el motivo de aquel marco en su mesa.
Tomó
la hoja recién mecanografiada, la dobló en cuatro y la guardó en una gaveta
junto a cientos de relatos ajenos que juraría haber leído alguna vez, sin saber
que acababa de firmar su propia huérfana soledad.

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