El caso de Luigi Mangione desnuda la doble moral de una sociedad que aplaude un asesinato cuando la víctima le cae mal

Luigi Mangione (Foto CBS)
Publicado en Substack
Hay un momento en la historia de la sociedad en
el que el linchamiento cambia de ser una barbarie y se convierte, para una
parte considerable de la opinión pública, en un acto de justicia. Ese momento llegó
a Estados Unidos, y se ve en el caso de Luigi Mangione.
Se trata de un joven blanco, de clase social
acomodada, y de 26 años, que enfrenta una acusación por asesinar a balazos al
CEO de UnitedHealthcare, Brian Thompson, en una calle de Manhattan en diciembre
de 2024. Este caso presenta la doble moral de la sociedad contemporánea porque no debería ser noticia por causar simpatía. Y
sin embargo, ahí está: convertido en meme, en ícono de camisetas, en objeto de
fantasías románticas en redes sociales, en "el muchacho guapo que le hizo
justicia al pueblo". La pregunta que deberíamos estar haciéndonos no es si
Mangione es culpable —eso lo determinará un tribunal—, sino qué nos dice de
nosotros mismos como sociedad el hecho de que tantos hayamos decidido, de
entrada, que no nos importa.
El detonante no fue el crimen, fue
el sistema
Las palabras grabadas en los casquillos de las balas —delay, deny, depose— no fueron un exabrupto random. Fueron una acusación directa, casi quirúrgica, contra el modus operandi de las aseguradoras de salud en los Estados Unidos: demorar, denegar, litigar. Millones de personas han vivido en carne propia lo que significa que una aseguradora le niegue un tratamiento a un ser querido, convirtiendo la letra pequeña de una póliza de salud en una sentencia a muerte. Ese resentimiento está ahí y es innegable. El pueblo siente que las aseguradoras abusan de ellos porque se trata de un sistema que privilegia la ganancia del negocio por encima de las vidas humanas, y encima, un sistema político que lo permite porque viven de las aportaciones que hacen esas mismas aseguradoras a los candidatos. No se trata de un sistema de salud, sino de un negocio.
Y ahí está la trampa moral en la que hemos
caído colectivamente: confundir la legitimidad de la rabia con la legitimidad
del método. Que el sistema de salud privado sea perverso, extractivo y en
muchos casos criminal en muchos casos, no convierte en héroe a quien decidió
hacerse juez, jurado y verdugo en una acera de Nueva York. Son dos
conversaciones distintas, y las redes sociales, con su lógica de que todo es blanco
y negro sin matices de gris entremedio, han ido fermentado por años ese
resentimiento social.
Es una doble
moral que nadie quiere nombrar, pero que está ahí, viva. Por eso ver este caso
nuevamente esta semana vuelve a ser incomodo porque nos obliga
a mirar la hipocresía de frente. Si mañana un hombre armado ejecutara a un
médico que practica abortos, o a un activista, o a un político de izquierda,
alegando que "el sistema lo obligó", ¿cuántos de los que hoy
defienden a Mangione saldrían corriendo a condenarlo como terrorista? La
respuesta, para la mayoría, es inmediata. Y esa inconsistencia es la prueba de
que no estamos ante un debate de principios sobre la violencia política, sino
ante una selección de víctimas según cuánta simpatía nos genere el verdugo y
cuánto desprecio nos provoque el occiso.?
Estamos viviendo en una lógica de tribus, no
solo en Estados Unidos, sino también acá en Puerto Rico, en la que el fin justifica
los medios. Entonces, la pregunta que una se hace es ¿hasta dónde vamos a
llegar? Porque loque hace la sociedad en este caso es decir que un asesinato se
justifica depende quien lo haga. En ese sentido, es fácil la manipulación.
Opino que lo problemático de este caso desde el
principio han sido las redes sociales, que ayudaron a convertir un asesinato en
plena calle en Manhattan en un espectáculo. No es que las redes sociales
crearon el resentimiento hacia las aseguradoras, pero si lo elevan a nivel de show.
TikTok, Facebook, X e Instagram no inventaron
la furia que hay contra las aseguradoras de salud, pero sí hicieron algo mucho
más insidioso: la empaquetaron como contenido de consumo rápido, la
monetizaron, la convirtieron en estética. Fotos de Mangione con luz
favorecedora, hilos comparándolo con Robin Hood, encuestas generacionales que
muestran una apatía inquietante entre adultos jóvenes ante la idea de que un
hombre fue asesinado a sangre fría en plena calle.
Cuando el homicidio se transforma en producto
viral, la discusión sobre salud pública —que es la que realmente importa y la
que sí podría salvar vidas— queda sepultada bajo memes. Y ese es, quizás, el
fraude más grande de todo este caso porque convence a la sociedad de que
compartir un meme de un acto atroz es una forma de activismo. No lo es. Es
catarsis barata que no le exige nada a nadie, ni siquiera pensar.
La Fiscalía federal está buscando la pena de
muerte, y es de esperar que este caso siga su curso y siga generando más
titulares. Pero queda clara la evidencia de que vivimos en una sociedad que ha
perdido la fe en que las instituciones – como la legislatura, los tribunales,
la regulación de las aseguradoras— puedan corregir un sistema que literalmente
enferma y empobrece a la gente que dice proteger. Cuando esa fe se agota, la
violencia deja de escandalizar y empieza a inspirar.
Me resulta problemático que se disfrace un
asesinato en plena calle como un acto de justicia poética. Esto no significa que
aplauda el daño criminal que hacen las aseguradoras a la gente. Pero para mi
este caso no debe ser si Mangione es un monstruo o un mártir, sino aceptar que
una sociedad que produce ambas reacciones al mismo tiempo es difícil de salvar.
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