Frente a la fiscalización de la prensa, sus recientes ataques a periodistas revelan la agresión como táctica y su verdadera cara, una que ninguna campaña de marketing puede ocultar.
La cara llena de odio, los gestos jaquetones,
los ademanes varoniles como invitando a pelear. Lo que todo Puerto Rico vio el
pasado jueves no fue a una gobernadora respondiendo una pregunta difícil sobre
la crisis de la violencia hacia la mujer. Lo que vio fue la verdadera
naturaleza de Jennifer González, desatada y sin filtros, contra un periodista
que solo hacía su trabajo. El espectáculo fue tan revelador como preocupante, y
nos obliga a preguntar: ¿por qué esta reacción tan desproporcionada?
La respuesta es simple: fue una cortina de
humo. Una estrategia deliberada y violenta para desviar la atención del
verdadero escándalo: la ineptitud de su gobierno ante un grave caso de
violencia de género.
Esa reacción nos dice que, para la gobernadora, el enemigo no es la violencia machista, no es la agresión contra una mujer frente a sus hijos, ni siquiera la filtración de documentos oficiales desde su propia administración. No. Para Jennifer González, el diablo es la prensa que se atreve a preguntar.




