El paso cercano del huracán Erin nos hace pensar en esa pregunta casi existencial de los puertorriqueños: ¿Por qué aguantamos tanto?
Afuera, el cielo gris oscuro, el viento y ese frío que provoca nos eriza los vellos y hiela los huesos. En las noticias vemos que esos vientos aúllan un nombre de esos raros, Erin. Así los meteorólogos han llamado a este nuevo huracán que oscila entre las categorías 4 y 5, que como quiera que sea, es poderoso y peligroso.
La sombra de ese monstruo es suficiente para despertar a los fantasmas de otra bestia del año 2017, el huracán María. Con cada ráfaga de frío viento, con cada gota de lluvia que golpea el cristal, regresa el recuerdo de la oscuridad, del silencio atronador que nos envolvió, de la vida suspendida en un hilo. La humedad se vuelve asfixiante, y en el parpadeo de una bombilla, se concentra toda nuestra ansiedad. ¿Volverá a irse la luz? ¿Por cuánto tiempo?
Hay un zumbido que divide a Puerto Rico en dos mundos cuando la red eléctrica colapsa. Es el sonido de los generadores, la banda sonora de los que pueden comprar un poco de normalidad. Para ellos, la vida sigue, un poco más ruidosa, un poco más costosa.



