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| Gobernador Ricardo Rosselló y el Presidente del Senado Thomas Rivera Schatz (Foto por Noticel) |
(NOTA: Esta columna fue publicada originalmente en NotiCel el 19 de mayo de 2018 -http://www.noticel.com/opiniones/blogs/en-blanco-y-negro-con-sandra/la-esclavitud-moderna/746220873)
El tema de la semana fue la Ley 80, pero nadie dice la realidad que está detrás de su eliminación. Es sencillo: Ricardo Rosselló y la Junta de Control Fiscal quieren imponer aquí la esclavitud moderna.
Le han quitado beneficios y derechos laborales a la gente, afectan la operación de empresas y negocios, y quieren quedar bien, o como dicen, “coolearse” ante la opinión pública, antes de privatizar. Porque es obvio lo que viene. Cuando privaticen entidades como el Fondo del Seguro del Estado (CFSE), la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) y vendan las escuelas a las chárters, los nuevos dueños privatizadores botarán a la mayoría de los empleados, y sin Ley 80, estos no podrán ir a pedir dinero a sus nuevos patronos.
Eso es lo que va a pasar y eso es lo que está detrás de la eliminación de esa ley. Es más, creo que eso lo sabe muy bien Thomas Rivera Schatz y por eso el presidente del Senado exige que produzcan estadísticas, pero eso tampoco va a ocurrir. No las hay. No hay manera que alguien la tenga porque no las puede haber.
Por más que 'Johnny' Méndez diga que al año solo se radican como 2,000 demandas por despido injustificado bajo la Ley 80 y que de estas solo un 3% prospera, la realidad es otra. Nadie tiene la estadística real, ni tan siquiera el Departamento del Trabajo, porque la inmensa mayoría de los casos se transan antes de llegar a esa agencia o a los tribunales para evitar procesos costosos. Pregúntele a cualquier director de recursos humanos, jefe de personal o abogado laboral y lo comprobará.
El hecho indiscutible aquí es que tanto el Gobernador como la Junta tienen que preparar el camino y hacerle rentable el negocio a los privatizadores. La estrategia de comunicación es clara. Desviar la atención del tronco y concentrarse en las ramas.
A los miembros de la Junta no les importa lo que piensen los trabajadores porque tienen mandato del Congreso federal y no fueron electos. Pero Rosselló no quiere que se vea como que él botó empleados del gobierno, y mucho menos a los que lo ayudaron a llegar al poder. Así que lo disfraza, mientras le pone en bandeja de plata el camino para que los nuevos dueños de las entidades privatizadas puedan eliminar esos costos de operación que representan tener un batatal de empleados políticos. A la calle es que van. Rosselló quedará bien y dirá: “no fui yo, fue la Junta que me obligó”. Pero el libreto está leído.