El arresto de Don Lemon y Georgia Fort no es un caso aislado: es la criminalización federal de la verdad. Todo reportero en Puerto Rico y los latinos en los EE. UU. deben estar conscientes de la persecución estatal
Los recientes arrestos del veterano periodista
Don Lemon y de
la cineasta independiente ganadora del Emmy, Georgia Fort, marcan una
escalada escalofriante en la guerra contra la información. Ya no se trata solo
de una batalla de palabras o etiquetas de "noticias falsas"; hemos
pasado a la fase de utilizar el aparato de justicia federal para criminalizar
el acto de dar testimonio.
El 30 de enero de 2026, el Departamento de
Justicia, bajo la dirección de la Fiscal General Pam Bondi, dio el paso sin
precedentes de acusar a periodistas de delitos graves de conspiración. Lemon y
Fort no eran participantes en la protesta contra ICE en Minnesota; eran los
ojos y oídos de un público que tiene el derecho constitucional de saber qué
ocurre en sus comunidades.
Al acusar a estos reporteros de "conspiración" y violaciones de la Ley FACE —una ley diseñada para proteger el acceso a clínicas y no para detener a la prensa—, la administración envía un mensaje aterrador: Documentar el disenso es convertirse en disidente.
En primer lugar, hay una clara intención de
crear un efecto paralizante. Cuando una periodista como Georgia Fort es
arrestada en su hogar, frente a sus hijos, por transmitir en vivo una protesta,
todos los demás reporteros independientes en Estados Unidos sienten la mano del
Estado sobre sus hombros.
Luego, está la embestida legal. Estos arrestos
ocurren junto a una ráfaga de demandas asombrosas: una demanda de $10 mil
millones contra el Wall Street Journal, una de $15 mil millones contra el New
York Times y una acción de $10 mil millones contra la BBC. Estos no son meros
conflictos legales; son tácticas financieras de 'choque y pavor' diseñadas para
llevar a la prensa libre a la quiebra y a la sumisión".
Una nueva "Doctrina Monroe" del miedo
Esta represión interna es la gemela de una
política exterior radical que ha convertido a América Latina en un laboratorio
de poder ejecutivo sin control. Para quienes están en Puerto Rico y la diáspora
latina en EE. UU., los riesgos nunca han sido tan altos.
Recordemos los recientes problemas regionales.
En Venezuela, el 3 de enero de 2026, la administración Trump lanzó la Operación
Resolución Absoluta, una operación militar unilateral que derrocó a Nicolás
Maduro. Aunque muchos celebran la caída de un dictador, el precedente de que
Estados Unidos 'administre' una nación soberana y sus ventas de petróleo le
recuerda a la región los días más oscuros del intervencionismo del siglo XX.
Después vino Cuba, donde una nueva emergencia
nacional y un agresivo sistema arancelario tienen como objetivo a cualquier
país que suministre petróleo a la isla. Esta 'presión máxima' 2.0 ignora el
costo humanitario sobre el pueblo cubano, mientras utiliza a la isla como un
peón en un juego geopolítico mayor contra China
La administración Trump ha resucitado de facto
la Doctrina Monroe, señalando que América Latina es un "patio
trasero" donde los intereses de Washington superan el derecho
internacional.
¿Por qué Puerto Rico debe estar en Alerta Roja?
Para los periodistas en Puerto Rico, este
momento es una señal de alarma. La isla siempre ha sido un campo de pruebas
para políticas federales; hoy, se encuentra en la intersección de la censura
doméstica y una política exterior de "mano dura".
Si la Primera Enmienda puede suspenderse para
un periodista de alto perfil en Los Ángeles o una reportera comunitaria en
Minnesota, puede suspenderse en San Juan. Con el recorte del 84% de la ayuda de
USAID para la región del Caribe y la sustitución de la diplomacia por amenazas
arancelarias en todo el hemisferio, la "verdad" corre el riesgo de
convertirse en lo que la administración decida que es.
Además, con ya hemos visto la actitud de la
administración de Jennifer González, el presidente del Senado Thomas Rivera
Schatrz y otros políticos, de preferir pseudo-periodistas y medios a los que
puede controlar a través de pautas publicitarias del gobierno, pagadas con fondos
públicos, o de insultar a los periodistas, faltándoles el respeto con palabras soeces.
Tampoco podemos olvidar la política represiva
y selectiva de esta administración de no dar entrevistas a los periodistas que
no sean de su grupo pagado, de discriminar contra los periodistas regionales,
de sacar a los periodistas independientes de ruedas de prensa, de no contestar
preguntas a reporteros y de amenazar con limitar acceso a quienes no tienen una
credencial de prensa que no es parte de ninguna ley ni reglamento. Recordemos
que la Carta de Derechos de la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto
Rico, así como la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos
garantiza la libertad de prensa. En fin, el escenario en Puerto Rico es
altamente riesgoso.
Por todas estas razones, tenemos que coincidir
que los arrestos de Don Lemon y Georgia Fort son una advertencia: Los muros se
están cerrando sobre la verdad. Si permitimos que el periodismo sea tratado
como un crimen, no solo perderemos las noticias; perderemos la democracia
misma.
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The
Criminalization of the Press Amidst Rising Intimidation: Don Lemon and other
journalists
The
recent arrests of veteran journalist Don Lemon and
Emmy-winning independent journalist Georgia Fort mark a chilling
escalation in the war on information. This is no longer just a war of words or
"fake news" labels; it has evolved into the systematic use of federal
law enforcement to criminalize the act of bearing witness.
On
January 30, 2026, the Department of Justice, led by Attorney General Pam Bondi,
took the unprecedented step of charging journalists with federal civil rights
crimes for simply doing their jobs. Lemon and Fort were not participants in the
anti-ICE protest at a St. Paul church; they were the eyes and ears of a public
that deserves to know what is happening in its own backyard.
By
charging these reporters with "conspiracy" and violations of the FACE
Act—typically reserved for blocking clinic access—the administration is sending
a clear, terrifying message: To document dissent is to be a dissenter.
First,
it is intentional to create a chilling effect. When a journalist like Georgia
Fort is arrested at her home in front of her children for livestreaming a
protest, every other independent reporter in America feels the hand of the
state on their shoulder.
Then,
there is a legal onslaught. These arrests come alongside a barrage of
staggering lawsuits: a $10 billion suit against the Wall Street Journal, a $15
billion suit against the New York Times, and a $10 billion action against the
BBC. These are not mere legal disputes; they are financial "shock and
awe" tactics designed to bankrupt the free press into submission.
A New "Monroe Doctrine" of Fear
This
domestic crackdown is the twin brother of a radical and interventionist foreign
policy that has turned Latin America into a testing ground for unchecked
executive power. For those of us in Puerto Rico and the broader Latino diaspora
in the U.S., the stakes have never been higher.
Let’s remember the recent regional issues. In
Venezuela, on January 3, 2026, the Trump administration
launched Operation Absolute Resolve, a unilateral military operation that
ousted Nicolás Maduro. While many celebrate the fall of a dictator, the
precedent of the U.S. "running" a sovereign nation and its oil sales
reminds the region of the darkest days of 20th-century interventionism.
Then there is Cuba where a new national emergency and aggressive tariff system target any country
providing oil to the island. This "maximum pressure" 2.0 ignores the
humanitarian toll on the Cuban people while using the island as a pawn in a
larger geopolitical game against China.
The Trump
administration has effectively resurrected the Monroe Doctrine, signaling that
Latin America is a "backyard" where U.S. interests supersede
international law and human rights.
Why Every Reporter in Puerto Rico Should Be
Afraid
For
journalists in Puerto Rico, this moment is a klaxon. The island has long been a
laboratory for policy; now, it sits at the intersection of a domestic press
crackdown and a regional "strongman" foreign policy.
If
the First Amendment can be suspended for a high-profile journalist in Los
Angeles or a community reporter in Minnesota, it can certainly be suspended in
San Juan. When the administration guts 84% of USAID to the region and replaces
diplomacy with military strikes and tariff threats, the "truth"
becomes whatever the administration says it is.
Furthermore, we have already seen the attitude of
Jenniffer González’s administration, Senate President Thomas Rivera Schatz, and
other politicians, who prefer pseudo-journalists and outlets they can control
through government advertising contracts paid for with public funds, or who
resort to insulting journalists and disrespecting them with profanity.
Nor can we
forget this administration's repressive and selective policy of refusing
interviews to journalists who are not part of their paid circle, discriminating
against regional reporters, removing independent journalists from press
conferences, refusing to answer questions, and threatening to limit access for
those without a press credential—a requirement that is not part of any law or
regulation. Let us remember that the Bill of Rights of the Constitution of the
Commonwealth of Puerto Rico, as well as the First Amendment of the U.S.
Constitution, guarantees freedom of the press. In short, the landscape in
Puerto Rico is high-risk."
For all these
reasons, we must agree that the arrests of Don Lemon and Georgia Fort are a
warning: the walls are closing in on the truth. If we allow journalism to be
treated as a crime, we will not only lose the news; we will lose democracy
itself.


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