Sánchez se juega el pellejo en el abismo diplomático para España, mientras acá en Puerto Rico, atrapados en el espejismo colonial de siempre, el gobierno se gasta millones mendigando una relevancia que no tiene.
Llevo una semana conteniendo el aliento. Mientras los cielos de
Irán se iluminan con un fuego que nadie sabe cómo apagar, Europa ha caído en un
seguidismo resignado. En este escenario, la figura de Pedro Sánchez emerge con
una extrañeza anacrónica. En un mundo de "hombres fuertes", el
presidente español se atrinchera en cuatro palabras: "No a la guerra".
No es un eslogan. Es una declaración de guerra a la guerra de Trump.
Mientras tanto, el resto de Europa dobla la rodilla. Friedrich
Merz, el de Alemania, ha elegido "besar el anillo" de Trump,
disparando el gasto militar al 5% para salvar su industria de los aranceles. Keir
Starmer, del Reino Unido, balbucea legalismos mientras cede sus bases para el
ataque.
Giorgia Meloni de Italia, agobiada, se pone de perfil, protegiendo sus activos y evitando molestar al gigante. Y Emmanuel Macron, el de Francia, intenta jugar al líder de la "autonomía europea", enviando naves a Chipre junto a España. Pero Macron es un equilibrista herido; busca liderar una Europa que no dependa de EE. UU., pero su propia inestabilidad en París lo hace ver más como un soñador que como un muro real contra Washington