Hay nombres que no podemos teclear. El de Gabriela Pratts, la adolescente que fue asesinada en Aibonito, es uno de esos en esa terrible lista de dolor y muerte
Hay nombres que no podemos teclear. Gabriela Pratts es uno de esos nombres.
Como periodista, he escrito
sobre tragedias que hielan la sangre. He narrado accidentes, ataques
terroristas, miles de casos de corrupción. Arrestos. Destrucción del ambiente.
He documentado injusticias, he puesto en palabras el dolor ajeno, siempre con
ese escudo invisible que llamamos “distancia profesional”. Un mecanismo de
defensa que tenemos los periodistas para evitar quebrarse. Para poder seguir.
Pero el escudo se hizo añicos
hace unos días. El micrófono donde hablo en mi programa de radio sigue en
silencio. La pantalla de mi computadora sigue en blanco, el cursor parpadea
como un latido intermitente y mis dedos se niegan a formar un nombre: Gabriela
Pratts.
No es un bloqueo de escritora.
Es un nudo en la garganta. Es el frío en la boca del estómago. Es el terror.
Gabriela, una adolescente, una niña en la flor de su juventud, fue asesinada vilmente en Aibonito. La acorralaron y le dieron nueve puñaladas. Una de ellas, directa al corazón, le provocó la muerte inmediata. Murió ante las manos despiadadas de otras adolescentes y otras mujeres, ya adultas, que la acabaron.


