Si entregamos la prensa, entregamos la democracia misma.
En
menos de nueve meses en el poder, el presidente Donald Trump ha logrado alterar
no solo el tono de la política estadounidense, sino también la relación misma
del país con la libertad de expresión. Sus amenazas abiertas contra las
televisoras —insinuando silenciar a quienes se atrevan a criticarlo— no
provienen del manual de un líder democrático. Suenan menos como las palabras de
un presidente estadounidense y más como las tácticas de un gobernante
autoritario que teme la rendición de cuentas y exige obediencia.
Para los periodistas, estas declaraciones son más que simple retórica: son un recordatorio escalofriante de que la Primera Enmienda, considerada durante mucho tiempo intocable, ahora está siendo puesta a prueba como no se había visto en generaciones.
