Periodista independiente en Puerto Rico

Monday, June 1, 2026

El mito del 2019 y la urgencia de organizar el 2026

Puerto Rico no está dormido; la calle bulle en la diversidad de sus comunidades. El error histórico es exigirle al 2026 que repita el libreto de 2019 en lugar de organizar la indignación de hoy para construir el país del futuro.


Dicen que el pueblo de Puerto Rico está dormido e inmóvil ante la corrupción y el desplazamiento, y no es cierto. Ayer hubo una manifestación recordando al prócer Ismael Guadalupe en Vieques, y una limpieza de playas y manifestación en Cabo Rojo. La Colectiva Feminista denunció el jueves la inacción judicial contra los feminicidios en el tribunal en Hato Rey. El viernes ciudadanos se levantaron en Vega Baja contra la torre de telecomunicaciones que afecta un mogote y sus vidas. Y el sábado y ayer domingo, en el Viejo San Juan, la gente se tiró a protestar contra el gobierno.

No son las únicas. La semana pasada también hubo protestas de padres de estudiantes de Educación Especial, que los dejaron sin clases ni servicios. Además, venimos de semanas de una huelga y protestas en la Universidad de Puerto Rico que tanto el gobierno como la prensa corporativa intentaron minimizar, ignorándolos o cubriendo sólo lo mínimo. Y a finales de marzo se estimaron en sobre 48,000 los manifestantes en San Juan contra la construcción del proyecto Esencia en Cabo Rojo y otros proyectos.


Uno analiza esa lista y tiene que concluir que la gente está activa o levantándose, pero hay fuerzas que pretenden minimizar estos esfuerzos. La desorganización de algunos de estos eventos – como pasó este fin de semana en el Viejo San Juan – es un ejemplo.

Ayer la gobernadora Jennifer González reaccionó con desdén y casi en tono de burla contra los manifestantes en la Calle de la Resistencia, como le llaman a la esquina de La Fortaleza y la calle del Cristo. Y eso provoca que mucha gente se pregunte con desdén: ¿Dónde está la organización? ¿Quién convoca? ¿Por qué no somos miles en el expreso?

La gobernadora Jennifer González minimizó las protestas

Es como si esperaran una manifestación como la del Verano del 2019 cuando el pueblo sacó del gobierno a los corruptos de la administración de Ricky Rosselló. Corruptos, que, dicho sea de paso, están multimillonarios como cabilderos y con contratos en el gobierno, pero eso es otra conversación.

Considero que hacer comparativas es injusto e incorrecto. Esa insistencia en comparar cada manifestación con el Verano del 2019 nace, muchas veces, de una memoria selectiva. Quienes vivieron el asfalto caliente de esos días saben que la salida de un gobernador no ocurrió por arte de magia ni por un algoritmo de redes sociales.  Tampoco ocurrió por el chat que sacamos en exclusiva los periodistas de En Blanco y Negro con Sandra, el Centro de Periodismo Investigativo, Noticel y Metro.

El Verano del 19 ocurrió porque hubo un operativo invisible pero masivo: comunidades coordinando suministros, colectivos haciendo periodismo de calle en tiempo real, asambleas de pueblo naciendo en las plazas, y una logística pesada, y casi silvestre, porque surgía a la menor provocación, que permitía convivir en la diversidad.

Recordemos que el pueblo venía de haber sufrido los embates de los huracanes Irma y María, y tener un gobierno que dejó morir a 4,695 personas (o 3,000 como después acordaron) y la indignación era absoluta. Traspasaba las líneas partidistas, religiosas e ideológicas.  Trascendía las clases sociales. 

Por eso nunca olvido – y así lo reporté – que la primera empresa en Puerto Rico en pedir la renuncia de Ricky Rosselló fueron las Empresas Fonalledas, vinculados al sector estadista de toda la vida. El encono era general. Por eso en las protestas cabían todos, desde el cacerolazo tradicional hasta el perreo, porque la unidad no era uniformidad; era un frente común contra el abuso.

Sin embargo, juzgar las protestas de hoy bajo la sombra de aquel julio, entiendo que es un error histórico. Estamos en el 2026. Siete años cambian el tejido social de cualquier pueblo. Atacar la descentralización actual o exigir que cada protesta tenga el sello de un comando central es no entender la naturaleza del pueblo puertorriqueño.

Eso no significa, sin embargo, que se cometan errores garrafales como hicieron ayer quienes protestaron frente a La Fortaleza. Convocaron a una conferencia de prensa ayer domingo a las 10:30 de la noche para reaccionar a lo que había dicho la gobernadora como a las 6 de la tarde. Obvio que ningún periodista iba a ir.

La fuerza de la diversidad comunitaria



Considero que la riqueza de los movimientos que protestan hoy radica, precisamente, en que no dependen de una sola estructura. Ya no son los sindicatos con sus comités de disciplina que coordinaban con la policía las marchas. Ahora es la gente que se va sumando.

Este fin de semana en el Viejo San Juan, por ejemplo, abundaban familias y adultos mayores por el día. En la noche, eran más jóvenes.

Pero ahora, cuando la gente en Vega Baja se levanta contra una torre de telecomunicaciones, o cuando el activismo ambiental limpia las playas en Cabo Rojo, no están esperando la validación de un comité político. Están ejerciendo soberanía desde su metro cuadrado. La sociedad civil, los sindicatos, las colectivas y la ciudadanía independiente son el motor que mantiene vivo el país mientras las instituciones gubernamentales colapsan. No pertenecer a una estructura partidista tradicional no es una debilidad; es la prueba de que la indignación es orgánica y le pertenece a la gente.

"Mientras la protesta sea puramente estética, el sistema la tolera. El verdadero reto no es marchar igual que antes, sino elevar el debate para construir lo que viene después."

De la indignación a la construcción

El verdadero aprendizaje del Verano del 19 no fue cómo tumbar a un gobernante, sino la lección que quedó a medias: la necesidad de organizar la ola para poder construir. La protesta desahoga, asusta al poder y visibiliza la crisis. Pero para transformar el país a largo plazo, esa energía dispersa necesita puentes, no murallas.

El debate político en Puerto Rico tiene que madurar. No podemos seguir permitiendo que la discusión pública se hunda en la superficialidad o en caricaturas absurdas de los líderes coloniales de turno, como hizo ayer la gobernadora. El análisis tiene que ser estructural. Hay que señalar la raíz del problema: el capitalismo desenfrenado, el colonialismo que nos asfixia y las políticas que priorizan el capital sobre la vida humana.

Pero la calle sigue viva. No necesita parecerse al pasado para ser válida. Necesita que reconozcamos el valor de cada trinchera —desde la ambiental hasta la feminista y la estudiantil— y que, en lugar de criticar desde la grada quién convoca o cuántos llegan, nos preguntemos qué estamos dispuestos a organizar y a sostener desde nuestros propios espacios. Porque la protesta reclama, pero la organización y la base es la que verdaderamente construye el país que nos deben.

 

 

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