Cuando un gobierno no puede garantizar agua en tiempos de calma, pierde el argumento más básico de su existencia. Lo que vivimos hoy no explota de golpe. Nos va comiendo por dentro.

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Publicado en Substack
Hay una diferencia importante entre un escándalo y una acumulación de fracasos. El escándalo explota, hace ruido y pasa. La acumulación de fracasos te va comiendo por dentro, lentamente, hasta que un día el piso cede. En Puerto Rico, el piso está cediendo.
El agua, primero, así que empecemos por lo más básico. Todavía hoy, cientos de miles de personas en Puerto Rico llevan cerca de un mes sin agua potable confiable. No estamos hablando que esto es porque aquí pasó un huracán o un terremoto. Estamos hablando de tiempos de calma, sin desastre natural de por medio, y el gobierno no puede garantizar agua.
Eso lo dice todo. Cuando un Estado no puede asegurar algo tan elemental, pierde el argumento más básico de su existencia. Y, sin embargo, si una mira lo que dicen los medios corporativos estos días, y lo que domina la conversación no es el agua. Es la pelea entre Francisco Domenech y Sebastián Negrón Reichard. ¿Casualidad? Yo creo que no.
Mientras se pelean entre sí, nadie está gobernando. Y el agua sigue sin llegar, pero el tema para los que controlan la narrativa es que aquí el Partido Nuevo Progresista tiene un gobierno fracturado.
ANÁLISIS EN BLANCO Y NEGRO CON SANDRA
El secretario de
la Gobernación, Francisco Domenech, acusa al exsecretario de Desarrollo
Económico, Sebastián Negrón Reichard, de haber tardado 30 días en pedir una
dispensa ética después de que su esposa tramitara un decreto contributivo para
una empresa recién creada. Negrón Reichard y su familia lo niegan y se defienden.
Esto sí es serio. No lo voy a minimizar. Apunta a los conflictos de interés que han rodeado siempre al PNP cuando está en el poder. Pero hay que leerlo en contexto: esto es lo que pasa cuando un partido gana el poder fracturado, sin cohesión, donde distintos bandos compiten por contratos y nombramientos. Domenech representa una facción. Negrón Reichard, otra. Y Jenniffer González queda en el medio, debilitada, sin autoridad real sobre ninguno de los dos. El problema para el país es que mientras ellos se pelean, nadie está gobernando.
Entonces hay sectores en que insisten en que este 2019 se parece al verano del 2019. No necesariamente. Opino que lo que sí recuerda al verano del 2019 son las movilizaciones. Llevamos tres meses de protestas ciudadanas continuas: contra proyectos de construcción ilegales que dañan el ambiente, contra torres de telecomunicación que afectan comunidades, contra la criminalidad, contra los feminicidios, contra una economía que no llega a la gente común. Y si, son protestas de gente no espera que nadie la convoque desde arriba. Sale sola. Eso, históricamente, es más poderoso y difícil de ignorar. Pero insisto en lo que vengo diciendo hace semanas, hay diferencias claves.
En el 2019 había un villano claro —Ricky Rosselló— y una demanda concreta: que renunciara. El movimiento tenía dirección, tenía un punto de llegada. Era el líder de un gobierno insensible que desde un chat que revelamos se burlaba de la gente, se burlaba del dolor de más de 4,000 muertos tras el huracán María, se reía de la oposición política, evidenciaba traqueteos y francamente fue un gobierno al que solo le importaba el dinero y el poder, no el pueblo. Ni siquiera su propio partido.
Hoy la crisis es más difusa. No hay un chat filtrado de burlas y traqueteos coordinados, no hay un momento único de quiebre. Hay agua que no llega, hay proyectos ilegales que avanzan, hay un gobierno que se pelea consigo mismo y una ciudadanía exhausta que protesta, pero todavía sin un foco claro. Eso, paradójicamente, puede hacer esta crisis más larga y difícil de resolver. Porque no se resuelve con una renuncia. Se resuelve con un cambio estructural que este gobierno es incapaz de hacer, y lo que es peor, no les interesa ni están dispuestos a hacer.
En ese vacío
aparece Juan Dalmau. El que quedó segundo en las elecciones del 2024 con una
votación histórica para el Partido Independentista Puertorriqueño y la Alianza salió
ayer en un video a llamar al país a movilizarse contra la corrupción. Y no lo
hace porque sí: él sabe que el espacio político está abierto, que hay un
descontento genuino buscando dirección, y que, si nadie lo recoge, se pierde en
el ruido. La pregunta es si el PIP tiene la estructura para convertir ese
descontento en algo real y duradero. Eso está por verse.
Lo que me lleva a preguntarme, en este momento histórico, ¿hacia dónde va Puerto Rico? Veo tres salidas. La primera: el gobierno aguanta. Jenniger González contiene los escándalos internos, el agua vuelve, la gente cansa de protestar, y el status quo se mantiene, pero más débil y deslegitimado que nunca. La segunda: la crisis se profundiza. La acumulación de fracasos genera una ruptura mayor, ya sea por presión ciudadana sostenida, por intervención federal, o por el colapso de la coalición que sostiene a este gobierno. Y la tercera: el reordenamiento político. El descontento se organiza, y las elecciones del 2028 se convierten en un punto de quiebre real.
Por eso siento en
mi alma y puedo decir con certeza que Puerto Rico no está en el ojo del
huracán. Estamos en esa calma tensa que viene antes de que llegue la tormenta.
Y este gobierno no tiene ni el paraguas ni el plan.
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