La Compañía Nacional de Teatro rescata la versión original del drama abolicionista de Alejandro Tapia y Rivera de hace 2 siglos, revelando las raíces de un racismo sistémico aún vigente en Puerto Rico
Hay heridas históricas que el tiempo no logra cicatrizar porque la sociedad insiste en cubrirlas con el manto de la hipocresía. Corría el año 1866 cuando don Alejandro Tapia y Rivera, hoy reconocido como el Padre de las Letras Nacionales, desafió el absolutismo monárquico español al escribir La Cuarterona. Publicada en 1867 —seis años antes de la abolición de la esclavitud— y cruelmente censurada antes de su accidentado estreno en 1878 en el Teatro Moratín, la obra regresa ahora, 148 años después, a su estado puro.
Esta puesta, adaptada por el dramaturgo Roberto Ramos-Perea y codirigida por Luis Javier López, reintegra los fragmentos amputados por el régimen colonial español y por los temores del propio autor, devolviéndole a la pieza su filo crítico original, con funciones de entrada libre.
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| Melissa Reyes es La Cuarterona |
Pero ojo, no es una simple reposición de un clásico decimonónico; es el desentierro de un espejo incómodo. La Cuarterona fue la inspiración directa para que el maestro Francisco Arriví escribiera en 1957 su obra cumbre, Vejigantes. Hoy, en el Puerto Rico del siglo XXI, su argumento sigue latiendo con una vigencia desgarradora.
Julia: precursora afrofeminista
Para
comprender la magnitud de La Cuarterona, es imperativo despojarse de las
lecturas románticas del siglo XIX y mirarla a través del lente del
afrofeminismo contemporáneo. Aunque Tapia y Rivera no conoció los términos que
hoy acuñamos, su sensibilidad intelectual le permitió modelar en la
protagonista, Julia, a una figura precursora de la resistencia simbólica y de
la interseccionalidad.
La tragedia de Julia, interpretada en este montaje por la actriz Melissa Reyes, no nace de una falta moral. Nace de llevar en sus venas una cuarta parte de sangre negra en una sociedad obsesionada con la "pureza de sangre" y la blancura como único pasaporte hacia la humanidad.
Al
analizar el personaje de Julia desde la perspectiva teórica de Frantz Fanon, la
joven encarna el drama psicológico del colonizado: un ser atrapado en un
sistema colonial donde el valor humano se mide por la proximidad a la piel
blanca. Su amor desventurado con el aristócrata Carlos (interpretado por Israel
Solla) es destruido por el miedo cerval de la élite a perder sus prebendas
sociales.
Es aquí donde el pensamiento de Bell Hooks –[una de las grandes teóricas del afrofeminismo en Estados Unidos]-, ilumina la genialidad premonitoria de Tapia. En ese sentido, es otra muestra de cuán adelantado estaba la literatura puertorriqueña al pensamiento abolicionista estadounidense.
Hooks nos
enseñó que las mujeres negras sufren una opresión particular porque el racismo
y el patriarcado operan de forma simultánea. Julia es el blanco perfecto de
este engranaje: es una mujer desposeída cuyo cuerpo y destino son transados por
el poder masculino y la desesperación económica de la Condesa (interpretada por
Sonia Rodríguez), quien busca casar a su hijo con Emilia (Cybele Delgado), la
hija del nuevo rico don Críspulo (Jesús Aguad), para salvar su estatus.
Asimismo, analizar las ideas de la afrofeminista Angela Davis nos ayuda a descifrar cómo la obra teatral de Tapia desnuda el control sobre la sexualidad y la reproducción de los cuerpos racializados para preservar las estructuras de poder. Los personajes de las esclavizadas María y Mamá Juana (personificados en la obra por Basilia Encarnación y Yaria Hernández), junto a Jorge (Luis Javier López), completan ese retrato descarnado de un mundo terrateniente y burgués edificado sobre el sudor y la sangre de los seres humanos esclavizados.
"La tragedia de Julia demuestra que la opresión no actúa a
través de una sola categoría, sino mediante la interacción de raza, género,
clase y colonialismo"….
Un puente entre el pasado colonial y el Puerto Rico de hoy
Tapia y Rivera fue para nuestras letras lo que Ramón Emeterio Betances fue la política o Eugenio María de Hostos a la educación. Al escribir en la misma atmósfera que parió a Cecilia Valdés en Cuba o The Octoroon en Estados Unidos, Tapia entendió que Puerto Rico no podía fundar una identidad nacional sin antes denunciar el racismo institucionalizado y el odio de clases.
El valor de esta producción teatral, que cuenta con el diseño de luces de Camila Pérez y las regidurías de Gina Figueroa-Hamilton y UGOH, radica en su urgencia. Al presenciar las costuras rotas de la aristocracia colonial, el público puertorriqueño no verá un drama del pasado, sino el origen de los conflictos raciales y el abatimiento moral que todavía nos aquejan.
La cita con la historia y la memoria afropuertorriqueña es obligatoria. Las funciones serán los viernes y sábados a las 8:30 p.m. y los domingos a las 4:30 p.m. No se requieren reservaciones. Vayamos al Teatro Arriví no solo a aplaudir el arte, sino a escuchar el eco de una voz que la censura colonial intentó apagar, y que hoy regresa para exigirnos, de una vez y por todas, la verdadera emancipación.




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