Mucha gente
todavía cree que ser relacionista es organizar un coctelito, ser “lame ojo” de
reporteros o payolero en los medios. Piensan que son como magos y que con su
varita pueden solucionar cualquier problema que se tiene de frente con rapidez
y sin estudio ni análisis. Y muchos se creen que el relacionista está para
poner parchos, como si fuera un reparador de gomas de carros. Ni una cosa ni la
otra. Ser relacionista no significa ser solucionador de problemas por arte de
magia, ni mucho menos ser el que repara los rotos o los problemas cuando se
tienen de frente.
Estas ideas equivocadas
reflejan que hay una crisis de percepción y un gran desconocimiento. De hecho,
las relaciones públicas sufren una profunda crisis de identidad e imagen
pública porque no se explican bien, porque tienen eco en ciertas personas en
los medios de comunicación, y porque se confunden con la gran cantidad de
incompetentes, corruptos y antiéticos agentes de prensa y de propaganda que
abundan en este país.
Hay demasiados
malos que opacan la seriedad de esta profesión. Por eso es que todavía no se
entiende rol vital de las relaciones públicas en la comunicación de cualquier
organización y que el verdadero relacionista se tiene que preparar, educar
continuamente y que se rige por los más altos cánones de ética.
Precisamente
en la Semana del Relacionista, en la que se debe reflexionar sobre el rol de
esta profesión en la sociedad, dos noticias recientes ponen de relieve la
crisis de percepción que todavía persiste sobre lo que somos y no somos los
relacionistas
profesionales.
