Ya nadie cree en nada. Vivimos una época de un
escepticismo generalizado en el que las personas desconfían de todas las
instituciones debido a la proliferación de engaños. Es como si ya no creyeran
ni en la luz eléctrica.
No le creen a los políticos y mucho menos a los
gobiernos. No le creen a las corporaciones ni a las figuras públicas. No le
creen ni a los atletas famosos porque ya el mundo está acostumbrado a recibir
noticias negativas de faltas de respeto, mentiras y corrupción. La confianza es
algo difícil de conseguir, pero fácil de perder. De la misma manera, la
credibilidad se construye a partir de la honestidad.
En otras palabras, si se miente o se oculta
información, se pierde credibilidad y el público desconfía. Pero por el
contrario, si se habla con honestidad aún en momentos difíciles, se gana
credibilidad.
Todo esto tiene un efecto en la comunicación,
especialmente de las figuras de
autoridad y aplica a la s
instituciones.
La implicación más grande de estas tendencias es en
el campo de la s comunicaciones – ya
que el modelo tradicional de flujo de información – de arriba hacia abajo – se
debe combinar con modelos de comunicación horizontales, de par a par.
En ese sentido, es imprescindible que los negocios,
empresas e instituciones alineen sus objetivos, estrategias y ganancias con el beneficio e interés social
que éstas puedan aportar al público. Para esto, las empresas tienen que comunicar
sus mensajes de manera clara, precisa, por diferentes voces y por diferentes
vehículos.
El público (los consumidores, clientes, empleados)
exigen autoridad y responsabilidad de las instituciones y empresas y de su
liderato. Para esto, es vital desarrollar programas de comunicación adecuados
en el que los líderes de empresas, figuras públicas o funcionarios, comuniquen
con transparencia y logren ganar o mantener su credibilidad.



