"...el silencio cómplice que por años mantuvo la jerarquía de la Iglesia Católica no sólo sorprende, sino que ofende hasta el más fiel seguidor".
Primero lo abrazó, y gentilmente le dio palmadas en la cabeza, ante las miradas y sonrisas de todos sus familiares. El niño, de unos 12 años de edad, bajó su cabeza y cruzó sus dedos en un gesto que los padres interpretaron como la timidez su hijo. Lo que no sabían era lo que pasaría después, en la noche y a puertas cerradas, y que llevaba tiempo pasando.
Horas más tarde, no fue un abrazo. Su mano velluda le recorrió el pecho, le agarró por las caderas, y fue empujándolo contra la pared. El hombre casi le arrancó su correa, con una mano le tapó la boca para ocultar gemidos y gritos, y le bajó el pantalón hasta que lo embistió. Lo penetró, descontrolado, mientras besaba su corta cabellera y el dorso de sus orejas en crecimiento. El niño no podía gritar. Sólo las lágrimas le bajaron por las mejillas.
Al culminar el acto se levantó y le dijo: “No le digas nada a nadie. Vete ahora y rézate dos Padres Nuestros y dos Ave Marías, y no vuelvas nunca más a pecar”. El sacerdote se saboreó su placer mientras el niño quedaba otras vez marcado de por vida, al ser víctima de nuevo de ese amigo de la familia.
