Fue un día de contrastes. Sesenta bodas y un
funeral colectivo. Mientras muchos levantaban las copas proclamando a los
cuatro vientos la celebración de la libertad, a todos como pueblo y en un
silencio sigiloso, nos siguen apretando las cadenas de la pobreza.
El domingo unas 60 parejas del mismo sexo
contrajeron nupcias o renovaron sus votos matrimoniales en lo que se proyectó
mediáticamente como el evento noticioso del año: la primera boda gay masiva en
la historia de Puerto Rico. Fue, sin lugar a dudas, un evento trascendental que
simbolizó que no se puede discriminar en el matrimonio porque así lo determinó
el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Fue un triunfo de la igualdad, del respeto,
y sobre todas las cosas, del amor.
Pero mientras se celebró un evento que debería
hacer a todos reflexionar sobre la justicia, la igualdad, y la dignidad en las
luchas que llevaron y aún mantienen tantas personas por tantos años, la manera
en que tanto el gobierno como sectores en los medios se aprovecharon de la
situación, demostraron cuales son las prioridades reales. Fue como se si
celebrara una fiesta para olvidar un funeral. Como si con esas bodas se
olvidara el entierro colectivo del País.
Mientras más de 150 individuos se juraban amor
en un momento solemne, el interés público iba por otro lado. La mayoría de los
puertorriqueños estaban a son de linternas y cubitos, sin agua por el
racionamiento y también sin electricidad porque se fue la luz. La cobertura
noticiosa se centraba en la boda o en la onda tropical que pasó el domingo
justo en medio de un racionamiento, otra de las grandes contradicciones en el
Puerto Rico de hoy. Nada más importaba.