Periodista independiente en Puerto Rico

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Wednesday, June 8, 2016

El caballero de la eterna sonrisa: Gino Ponti (Obituario)




La noticia me llegó hace unos días como hoy suelen llegar muchas: por Facebook. Para los periodistas más jóvenes y los novatos que nacieron desde Google para acá, pasó inadvertida. Pero para los de mi generación, que nos curtimos en las luchas por hacer un periodismo serio a finales de los años 90, para los ochentosos, y para nuestros mentores de las décadas anteriores, chocó. Fue como un golpe, de esos que te da en el pecho y te sacude, porque sabes que nunca volverá a existir uno como él. Único. Irrepetible. Inolvidable. El caballero de la eterna sonrisa volaba alto. Gino Ponti se fue.



Era, para muchos, uno de los mejores editores que ha pisado sala de redacción alguna en Puerto Rico. Como periodista era valiente, arrojado. Uno de los más avezados, que hurgaba y preguntaba sin cesar pero con un respeto que ya casi no se ve en el periodismo. Después de todo, Gino estaba asignado a cubrir las noticias duras, las policíacas, y con los años, se había curtido con esa faena. Pero la crudeza que vio y narró en tantas historias no le afectó su semblante. Guardaba la distancia prudente para poder ver todos los lados de la noticia, y al final, sacaba unas crónicas que eran de antología.



Fue, sin duda, una de las más fulgurantes estrellas de lo que un día llegó a ser el medio de comunicación más respetado, el mejor en Puerto Rico, The San Juan Star. Trabajó allí desde el 1973 cuando llegó a la isla, y pasó por los mejores años del ejercicio reporteril y de ese medio, en esa época en que en la sala de redacción lo acompañaban maestros inigualables y legendarios como un Tomás Stella, un Manny Suárez, una Eneid Routté-Gómez, una Lorelai Albanese, una María Padilla, un Andrew Vigglucci, y tantos otros que hacían verdadero periodismo investigativo. Sin miedo, con responsabilidad.



En el 2010 publicó su libro ʺ A Reporter’s Notebook in Puerto Ricoʺ, que incluye algunas de sus crónicas y reportajes publicados en el Star. Aunque son cortos, reflejan el espíritu aventurero, jovial y gracioso de Gino. En una de las historias narra cuando se quedó literalmente atrapado por su oficio cuando en uno de sus despites fue al baño mientras cubría unas vistas aburridas en un edificio del gobierno federal en Hato Rey y se quedó encerrado. Al salir descubrió que todos se habían ido ya y que estaba solo. En el libro también recoge la serie que publicó sobre las drogas y cuando, de noche, entró en la barriada  La Perla para entrevistar a traficantes y usuarios. La manera en que narraba y describía las escenas hace que uno como lector se sintiera presente en ese sórdido ambiente de miseria que provoca la adicción.

 

El libro incluye una serie de sus reportajes dedicados a William Gordon Pagán, un hombre encarcelado durante siete años por un crimen que no cometió. La serie fue instrumental para su liberación al traer a la atención del Departamento de Justicia evidencia que no había aparecido en el juicio.



El libro también tiene una serie que tuve el gusto de leer en el Star en el momento en que salieron originalmente publicadas, como para el 1995, y que me impactaron de por vida. De hecho, me marcaron tanto que me hicieron ver el ejercicio del periodismo de otra forma, más humano, más compasivo. Fue aquella serie en la que Gino se convirtió en deambulante y vivió con ellos por varios días. En cada crónica describía el rechazo de la gente hacia los desamparados de la calle y las penurias que  experimentaban.



Esa serie me caló tan hondo que casi cinco años más tarde, estando yo de reportera en El Nuevo Día, le dije a Gino que me ayudara porque que quería hacer algo parecido. Yo había estado con el doctor José Vargas Vidot en uno de las intervenciones de Iniciativa Comunitaria en Río Piedras, cerca de la Universidad de Puerto Rico, y conviví con personas de la calle y adictos.